Entre la casta y el algoritmo

29.03.2026

La larga agonía de la democracia de masas

Bruno Carpinetti afirma en esta nota que la democracia de masas, tal como fue concebida en el siglo XX, está dejando de funcionar como sistema operativo de las sociedades contemporáneas. El autor sostiene que cuando un dispositivo deja de funcionar, hay dos caminos: insistir hasta su descomposición total, o animarse a pensar su reemplazo. Una idea en la que deberíamos comenzar a trabajar.

Por Bruno Carpinetti - Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública, entre otros fue director de la Administración de Parques Nacionales y Subsecretario de Coordinación de Política Ambiental de la Secretaría de Ambiente de la Presidencia de la Nación en los gobiernos de Eduardo Duhalde y Nestor Kirchner.


No se trata de un desvío. No es una patología corregible. Es un problema de obsolescencia.

La democracia de masas no está siendo atacada desde afuera. Está colapsando desde adentro, erosionada por una transformación radical de sus condiciones materiales de existencia. En un ecosistema atravesado por algoritmos, velocidad, sobreabundancia informativa y economías de la atención, sus mecanismos básicos —representación, deliberación, legitimidad— han perdido eficacia real.

En ese terreno, figuras como Donald Trump o Javier Milei, no son anomalías. Son prototipos. No vienen a romper el sistema: vienen a mostrar, con brutal claridad, en qué se ha convertido.

Pero hay que ir todavía más lejos. No alcanza con decir que son "síntomas". Son también soluciones. Soluciones inestables, peligrosas, regresivas, pero soluciones al fin: formas políticas que logran procesar —de manera rudimentaria— un problema que la democracia tradicional ya no puede metabolizar.

Ese problema tiene nombre: descomposición de la mediación.

La ficción de una democracia sin élites

Durante décadas, la promesa democrática se sostuvo sobre una intuición seductora: cuanto menos élite, más democracia. Menos intermediarios, más pueblo. Menos opacidad, más transparencia.

Era, en el fondo, una ficción funcional.

Porque la política nunca dejó de ser una práctica especializada. Gobernar no es expresar estados de ánimo colectivos. Es gestionar complejidad, administrar conflicto, operar bajo restricciones duras.

La novedad no es que las élites existan. La novedad es que han perdido legitimidad sin que haya emergido un reemplazo funcional.

Y ahí aparece el núcleo del problema: la democracia de masas depende de élites que ya no puede justificar, pero tampoco puede prescindir de ellas.

El resultado no es su desaparición. Es su mutación.

La élite no se extingue: se vuelve opaca, irresponsable, inestable. Se desplaza hacia asesores sin control, burbujas de poder personalista, circuitos informales, plataformas privadas.

La antipolítica no elimina a la élite. La descompone.

El pueblo como interfaz

La otra gran promesa — la del "pueblo sin mediaciones"— tampoco sobrevive al cambio de época.

Porque ese pueblo ya no existe como sujeto previo. No hay una voluntad popular esperando ser expresada. Lo que hay es una infraestructura que produce, organiza y modula esa supuesta voluntad en tiempo real.

La comunicación política dejó de ser un canal. Es el terreno mismo donde lo político se constituye.

Y ese terreno está colonizado por lógicas que no tienen nada de democráticas: amplificación del conflicto, simplificación extrema, emocionalización permanente.

En ese contexto, la democracia directa deja de ser un horizonte emancipador para convertirse en una ilusión peligrosa.

No gobierna el pueblo.

Gobierna la interfaz que lo produce.

Gobierna el algoritmo.

La democracia como simulacro operativo

Llegados a este punto, la pregunta ya no es cómo "mejorar" la democracia de masas.

La pregunta es más incómoda: ¿sigue siendo un sistema funcional?

Porque sus procedimientos formales continúan —elecciones, parlamentos, división de poderes— pero su capacidad efectiva de procesar demandas, producir decisiones estables y sostener legitimidad se deteriora aceleradamente.

Lo que emerge es una forma de simulacro: instituciones que siguen funcionando en la superficie mientras el poder real se desplaza hacia otros lugares.

Mercados, plataformas, redes de influencia, dispositivos técnicos.

La política no desaparece. Pierde centralidad.

Y cuando intenta recuperarla, lo hace muchas veces a través de formas regresivas: liderazgos plebiscitarios, personalismo extremo, simplificación autoritaria.

No como excepción, sino como adaptación.

Entre la impotencia y la deriva autoritaria

En este escenario, la defensa acrítica de la democracia de masas empieza a parecerse a un gesto conservador.

Una insistencia en preservar formas vaciadas de eficacia.

Pero la alternativa tampoco puede ser el abandono hacia soluciones autoritarias que prometen orden a cambio de complejidad.

Ese es el falso dilema que organiza el presente: o instituciones débiles que ya no gobiernan, o liderazgos personalistas que concentran el poder.

Ninguna de las dos resuelve el problema de fondo.

Imaginar lo que todavía no existe

Tal vez haya que aceptar una hipótesis más radical: la democracia de masas fue una forma histórica situada, no un punto de llegada.

Y como toda forma histórica, puede agotarse.

Si eso es así, la tarea no es restaurarla ni destruirla, sino superarla.

No en el sentido de abandonarla por menos democracia, sino de inventar arreglos institucionales capaces de operar en condiciones que ya no son las del siglo XX.

Sistemas que puedan procesar complejidad sin colapsar en simplificación.

Que puedan articular escalas —local, nacional, global— sin perder capacidad de decisión.

Que integren tecnología sin quedar subordinados a ella.

Que produzcan legitimidad sin depender exclusivamente de la representación periódica.

Hoy no tenemos ese modelo.

Y tal vez ese sea el dato más honesto.

Diseñar contra la inercia

Lo verdaderamente radical ya no es denunciar a la "casta" ni idealizar al "pueblo".

Ambas cosas forman parte del mismo dispositivo agotado. Al menos en occidente.

Lo radical es asumir que estamos operando con instituciones diseñadas para un mundo que dejó de existir.

Y que, si no empezamos a imaginar otras formas de organización del poder, el vacío va a seguir siendo ocupado por soluciones cada vez más rudimentarias.

Más rápidas. Más concentradas. Más autoritarias.

No porque alguien las imponga desde afuera.

Sino porque el sistema, tal como está, ya no ofrece alternativas viables.

¿Después de la democracia, qué?

El problema de fondo no es moral. Es estructural.

No es que los actores fallen.

Es que el dispositivo dejó de funcionar.

Y cuando un dispositivo deja de funcionar, hay dos caminos: insistir hasta su descomposición total, o animarse a pensar su reemplazo.

Todavía no sabemos cómo sería ese "después".

Pero hay algo que empieza a volverse evidente: no va a parecerse demasiado a la democracia de masas que seguimos invocando.

Y quizás, en lugar de temerle a esa idea, habría que empezar a trabajar sobre ella.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/entre-la-casta-y-el-algoritmo-la-larga-agonia-de-la-democracia-de-masas-por-bruno-carpinetti/

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