Escenas de devastación social

Son las ocho de la noche de un jueves húmedo y caluroso de abril. La amplia carnicería que abarca toda una esquina en el barrio de Libertad, en Merlo, al oeste del conurbano bonaerense, está vacía. Los tres empleados muestran una actitud de desazón y bronca; con sus brazos apoyados sobre el respaldo de las heladeras miran sus celulares y hacia el exterior, como esperando clientes imaginarios que nunca llegarán. Las heladeras están rebalsadas de carne y sus delantales, demasiado blancos; ese día no vendieron mucho, y lo poco que vendieron son los cortes más baratos. Los clientes que llevan por kilo son una anomalía; hoy la modalidad reinante es la compra de fetas: "Dame dos fetas de milanesa de bola de lomo"; "Dame una feta no tan gruesa de colita de cuadril". Por toda la fachada de la carnicería carteles en letras blancas enormes ofrecen los cortes que hasta hace no mucho tiempo eran los menos solicitados: osobuco, hígado, roast beef. Antes, en esos mismos carteles lo que se ofrecía a precios accesibles era vacío, tira de asado, molleja, los cortes mínimos y necesarios para hacer un típico asado argentino.
Existen pocos estudios o análisis estadísticos serios al respecto, pero hay algo que es evidente cuando se recorre los barrios populares del conurbano: hoy la gente come menos y mal. La devastación libertaria tiene su correlato preciso en el alimento, que escasea, y todo lo que hasta ayer era sinónimo de estar atravesando un breve momento de malaria hoy pasó a ser una temporalidad que pareciera eterna. Hasta hace no mucho tiempo, en los barrios populares, los domingos traían una niebla crocante con olor a decenas de parrillas exuberantes. Las familias de los albañiles y obreros disfrutaban de una tradición inmaculada de nuestro pueblo. El salario de cualquier albañil permitía darse ese gusto. Podía faltar cualquier cosa, menos el asado de los domingos. Hoy, en cambio, uno puede distinguir con precisión de dónde viene el olor a asado: no es una niebla, sino una o dos casas, y no son pocos los que celebran y envidian la suerte de ese hogar que pudo concederse ese tremendo lujo (1).
Indio es un verdulero histórico de la Villa Carlos Gardel. Tiene su verdulería hace más de 25 años. Es un hombre de unos cincuenta años, de piel bien marrón –de ahí su apodo–. Ferviente antiperonista, militó arduamente durante el 2023 por Javier Milei, pero hoy está triste y desilusionado, nuevamente "no cree en los políticos" y nos cuenta que su realidad es idéntica a la de las carnicerías: la mayoría viene y compra por unidad, no por peso. Se lleva una papa, una cebolla, una banana, un huevo. Al momento del cierre, se agrupan un montón de personas esperando para revolver entre las sobras, muchas de ellas en estado de putrefacción. A pocas cuadras se repite la imagen en la panadería Santa Lucía de Villa Samiento, sobre la colectora de la Autopista del Oeste. Una fila de cincuenta metros de gente esperando por el pan que no se vendió: madres con sus hijitos, abuelos, desocupados recientes. Dicen los trabajadores de la panadería que hasta hace poco sólo venían las mismas dos o tres personas a esperar el cierre y recibir las sobras, pero que hoy hasta se arman peleas entre la misma gente: las sobras no alcanzan para todos.
En otra panadería, en Constitución, me tocó vivir una situación que también evidencia la mala alimentación a la que están siendo sometidas las poblaciones más vulnerables. Ingresa un abuelo de unos setenta años, bien vestido, saca una pila de billetes de bajo valor, veinte, cincuenta y cien pesos, y se pone a contar, termina y le pregunta a la panadera el precio de una factura, de una sola. Se da cuenta de que no le alcanza, le ofrezco pagársela, se opone, insisto, la panadera le ofrece regalársela, el abuelo le responde: "No querida, no quiero que me regalen nada, trabajé toda mi vida, si no me alcanza no llevo nada". Tras insistirle entre ambos logramos que acceda y se lleva tres facturas, agradecido pero cabizbajo. Mientras escribo esta nota, en los medios de comunicación irrumpe una noticia casi en cadena nacional: frente al aumento del precio de la carne, una carnicería de Trelew ofrece carne de burro (2).
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En El pueblo del abismo (3), de Jack London, el escritor norteamericano relata su experiencia viviendo unas semanas en el East End, la zona donde se aglutinaba la baja clase obrera de Londres a comienzos del siglo XX. London se disfrazó de vagabundo y experimentó en primera persona cómo era vivir en la calle o en el hacinamiento absoluto de hoteles de mala muerte, rodeado de pestes y hambrientos. En un momento nos cuenta sobre el "skilly, un menjunje de tres cuartos de galón de avena líquidos vertidos en tres y medio de agua hirviendo". London confiesa que le fue casi imposible comer eso y que cuando lo intenta vomita inmediatamente, pero constata que por todo el barrio cientos de personas se lo devoran en segundos, sin problemas, porque es lo único que tienen. Esas imágenes de pauperización y hambruna, en la capital del entonces Imperio Británico, resultan lejanas en espacio y tiempo a la realidad actual argentina, pero hablan también de degradación social. El libro cuenta que la policía londinense tenía como una de sus principales labores echar a las personas sin hogar que se dormían en los umbrales de las casas o en las fachadas de los edificios; ni siquiera les permitían dormir en los parques públicos y eran obligadas a vagabundear durante toda la noche, durmiendo unos minutos a la intemperie hasta que una bota policial los pateaba y los obligaba a irse.
En el conurbano bonaerense hoy se ve gente durmiendo en la calle donde nunca la hubo, ni siquiera en los años noventa. Gente durmiendo en las veredas de barrios de clase obrera, no en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. En estos barrios los vecinos, poco habituados a esta nueva realidad, se acercan a hablar con esas personas, muchas veces les brindan alimento, ropa o dinero, y ayudan a estos mendigos errantes a encontrar por lo menos un techo pasajero. En los barrios populares, a pesar de todo, se mantiene el sentido de comunidad, es decir, nadie tiene derecho a ser solo un individuo o una cúpula familiar cerrada hacia afuera. Los problemas de cada hogar son transparentes, todos los conocen, cada familia sabe cuál es la situación económica del que vive al lado.
El diagnóstico se repite: los padres, esa gran masa de expertos en oficios de albañilería, carpintería, plomería, techado, pintura, gastronomía, panadería, cada vez tiene menos trabajo, y no hay ingenio ni voluntad heroica que alcance para vencer la indigencia. Por más que uno quiera romperse el lomo, no hay tarea a la cual dedicarse. Por más que uno pretenda aumentar las horas de trabajo, no hay con qué ocupar esas horas. Si hasta hace no mucho se solían escuchar consignas del tipo "el que quiere salir adelante puede, todo depende de uno, trabajo hay", en la actualidad ya casi no se escuchan ideas optimistas; el sonido que abruma es de queja y lamento. El mito del emprendedor todopoderoso comienza a diluirse y perder su fuerza teleológica. Muchos jóvenes que habían comenzado emprendimientos de diversa índole –varones que abren peluquerías, chicas que ofrecen servicios de manicuría, venta de comida o ropa– se vieron obligados a cerrar por falta de clientes.
En el conurbano bonaerense hoy se ve gente durmiendo en la calle donde nunca la hubo, ni siquiera en los noventa.
Pero el individuo que pertenece a los sectores populares no se deja vencer fácilmente; la adversidad ha sido la regla general de su vida, con momentos de mayor o menor intensidad en el termómetro de las desgracias, pero siempre con un piso estable. El albañil que no encuentra trabajo se pone a vender tortillas, chipá, hace venta ambulante de todo tipo o recorre horas y horas ofreciendo servicio de jardinería o de lo que sea en los barrios de clase media o media baja. Las mujeres tampoco se quedan de brazos cruzados. Ellas también recorren kilómetros y kilómetros tocando timbres, ofreciendo servicios de limpieza de hogar, de cuidado de niños o pidiendo donaciones o limosnas por la calle. Todo el mundo está ofreciendo cosas en Facebook Marketplace, hay trueque in situ y de forma virtual. Uno de los servicios reinantes en dicha red es el intercambio de ropa o cualquier cosa a cambio de comida. No es el trueque de los noventa, donde el intercambio era en muchos casos por productos tecnológicos o del hogar. Hoy es estrictamente por comida (4).
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Hablar de que volvió el hambre en el conurbano es un riesgo metodológico, pero tampoco estamos en condiciones de negarlo. Hoy las familias humildes cuentan con el amparo mínimo de la Asignación Universal y la Tarjeta Alimentar, pero no hay que ser un economista o un sociólogo para darse cuenta de que los montos de esas asignaciones son insuficientes para alcanzar las proteínas básicas necesarias para cubrir un mes entero. Ni comprando alimentos de terceras o cuartas marcas se llega al 30. La compra de vestimenta nueva pasó a ser un cuento de hadas, como así también el ocio bebedor. Las adicciones también sufren la malaria económica. Hay gente volviéndose abstemia de forma involuntaria, por su incapacidad económica de acceder así sea a la cerveza o vino más baratos, que han proliferado en los últimos meses.
Hasta la venta de droga tuvo que adaptarse a la crisis económica. Hay menos adictos-clientes, y esos clientes compran menos, lo que obligó a los traficantes a innovar con nuevos tipos de mercadería. La cocaína viene cada vez más rebajada y ha aumentado notoriamente el consumo de crack y pasta base, que son drogas de bajo precio. En algunos barrios ofrecen bolsitas de cocaína a mil pesos que contienen una porción suficiente sólo para medio esnife, y que los adictos igual dividen para que dure más. El periodismo mainstream y el progresismo vernáculo creen que el narcotráfico está azotando a los barrios populares porque se perdió la cultura del trabajo y los pibes encuentran en la venta de droga una forma de hacer plata fácil. Pero hoy hasta la plata fácil se volvió difícil: cada reclute de un nuevo soldadito para la venta de drogas es una inversión que no cualquier narco está dispuesto a realizar.
El sentido de comunidad persiste en los sectores populares, pero convive también con una violencia fratricida en peligroso aumento. Unas semanas atrás se conoció el caso de un policía de la UTOI (Unidad Táctica de Operaciones Inmediatas, la fuerza especial de despliegue rápido de la Policía Bonaerense) que intentó robarle al chofer de una aplicación y terminó asesinándolo (5). Dos trabajadores que comparten el mismo origen de clase, una vida que se pierde, otra que pasará una condena perpetua en prisión. Si un oficial de una fuerza altamente capacitada se ve obligado a salir a robarle a un trabajador precarizado, que vivía en su mismo radio geográfico, no es difícil de imaginar a qué extremos están llegando aquellos que no cuentan con un trabajo estable.
Unas semanas después de este suceso, las fuerzas de seguridad federales se unían para convocar a una protesta por sus bajos salarios y entregar un petitorio al Gobierno Nacional. Pero esas fuerzas, que están conociendo la dura realidad histórica de la condición obrera, son las mismas que andan por los barrios populares y por las calles del conurbano atormentando a los jóvenes con torturas físicas, como poseídos por una potencia de odio que es una mezcla de la orden explícita del Gobierno Nacional de someter a determinadas poblaciones y la frustración individual de trabajar y arriesgar la propia vida por un salario de miseria.
El Jano del oficial de las fuerzas de seguridad, el famoso "pibe chorro", también es una figura que crece al ritmo de la inflación, y que sintetiza aberrantemente el estado de nuestra nación. La modalidad de robo a mano armada de choferes de aplicaciones ha crecido en las barriadas de las principales ciudades argentinas. Adolescentes que roban a conductores de Uber, Didi, Cabify, Pedidos Ya, Rappi, tanto en sus versiones de automóvil como de moto o bicicletas, donde las víctimas en muchos casos provienen de los mismos barrios que sus atacantes. Sin embargo, los autos robados sólo sirven para vender algunas partes. Un adolescente de 13 o 14 años que se roba un auto no tiene contactos suficientes como para poder venderlo entero a una organización más profesional, como suelen creer ciertos sectores de la izquierda que piensan que detrás de cada pibe chorro está "el narcotráfico" o "las mafias policiales". Los pibes de los barrios experimentan, ante todo, la misma tragedia económica que sus familiares y vecinos. Están al corriente de las noticias, no viven en una dimensión paralela ni son ingenuos. Roban un auto, pero como mucho venden las ruedas, la batería y alguna pieza específica. En cuanto a las motos, su precio en el mercado negro es módico. Lo que les importa a esos adolescentes es vencer la indigencia por un rato: no tienen la mansa paciencia de sus mayores, no están dispuestos a durar demasiado. La vida, aunque breve, se vive mejor sintiendo una posesión material, fugaz pero concreta, y aunque el precio sea el daño a terceros o a sí mismos –a veces hasta la muerte–, están dispuestos a pagarlo. Si no hay futuro que al menos haya un efímero presente.
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Los sectores populares empiezan a culpabilizar al gobierno nacional de su situación actual. Esto se vio reflejado en los resultados de las últimas elecciones legislativas, tanto en las de la Provincia de Buenos Aires del 7 de septiembre como en las nacionales del 26 de octubre. El gobierno, que en 2023 había obtenido buenos resultados entre los pobres, esta vez fue derrotado. En casi todas las villas de Capital Federal y del Gran Buenos Aires perdió una gran masa de votantes (6). A Milei se le apagó el aura de lo novedoso, ya no causa gracia, ni es un loco disruptivo; ahora es hiper normal, y en los trenes y colectivos, donde antes se lo vitoreaba, los trabajadores no dejan de comentar los casos de corrupción. Una gran parte de los sectores populares ya no le cree a Milei, pero no está claro a quién votarían si las elecciones fueran hoy. Brenda es una joven madre de dos niñas que vive en la Villa Carlos Gardel. En 2023 votó a Milei, entusiasmada. En las elecciones del 7 de septiembre votó al peronismo, defraudada con Milei y golpeada por el duro momento económico que está atravesando, desocupada y endeudada. Sin embargo, el 26 de octubre votó al mileísmo nuevamente: "Si ganaba de nuevo el peronismo, me dijeron que se iba a ir todo a la mierda".
El nivel de devastación social es alarmante. Si el país no sale rápidamente de esta crisis, la destrucción será más ardua de reconstruir; en el mientras tanto, todos corremos riesgo de sufrir violencia en la calle. Aunque algunos crean que pueden vivir tranquilos encerrándose en sus casas, nada les garantiza que empiecen a multiplicarse los casos de personas dispuestas a todo, como en otros países de América Latina. El capital argentino se equivoca permitiendo que lo social se fragmente tan profundamente, avalando a un gobierno aporofóbico, xenófobo y corrupto.
1. "La carne aumentó casi el doble que la inflación y cayó el consumo: las razones detrás de este fenómeno" , Chequeado, 16-4-2026.
2. "Carne de burro frente a precios siderales", Página/12, 17-4-2026.
3. El pueblo del abismo, La pollera ediciones, 2025, traducción de Nicolás Medina C.
5. "Matan a un docente que trabajaba como chofer de una app de viajes: su pasajero, un policía, preso por el crimen", Clarín, 15-3-2026.
6. "Las villas porteñas son nac&pop: ganó el peronismo en la 31, la 21-24 y Ricciardelli", El Grito del Sur, 20-5-2025.
Por César González * Escritor y cineasta de origen proletario, autor de El niño resentido y Rengo y Yeta, ambos publicados por Reservoir Books, entre otros libros.
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