Eso de los idiomas

Por Sergio Kiernan
Es rara la relación que tenemos con nuestros idiomas, que son identidad y también son una quinta con las que nos ponemos como el perro del hortelano. En tantas tierras de este mundo es sospechoso ser bilingüe y peor trilingüe, es accionable hablar ucraniano, mal visto el nahuatl, guarango el guaraní. ¿Por qué no hablás mandarín? ¿Sos disidente? ¿Qué farfulla este hutu, este zulú, este haitiano?
Es un milagro que queden todavía casi siete mil idiomas en el mundo. Es de sentido común que se extingan casi cuatro por año por falta de hablantes.
La mitad del mundo habla alguno de los diez idiomas imperiales, como lengua primaria. El inglés, el francés, el castellano, el portugués se difundieron por el mar, a fuerza de cañonazos y trasplantes de población. El ruso, el mandarín, el árabe se expandieron de a pie, en campañas centenarias que se fueron comiendo países y culturas.
Lo que está en peligro es lo que habla la otra mitad del mundo, las lenguas minoritarias en números absolutos y en geografías. No es la situación del persa, que tiene su propio país, o del kurdo, que quiere tenerlo pero hace rato tiene base territorial. Tampoco de éxitos como el quechua o el aymara, impermeables a la aculturación. Pero es el caso de la Babel amazónica, formada por pequeñas poblaciones con sus lenguas propias. Y el caso de las lenguas conquistadas, como tantas nativas: del irlandés al mapuche, sostenerlas es más una resistencia que una soltura cultural.
Lo notable es que no es un fenómeno nuevo, esto de perder idiomas. La revista Science acaba de publicar un estudio de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, dirigido por el argentino Damián Blasi, que hace un mapa de la expansión y caída de los lenguajes humanos. Resulta que se parece más a una montaña rusa que a una línea continua.
Blasi es físico y da para preguntarse qué pito anda tocando en un estudio como este. Pero el modelo fue creado tanto por lingüistas como matemáticos, con base matemática y estadística. Como es imposible censar hablantes de hace milenios y hace apenas cinco mil años que inventamos la escritura, el equipo partió de ciertos supuestos teóricos. Arrancan hace doce mil años, cuando la población mundial se estimaba en apenas siete millones de humanos, todos con un estilo de vida recolector/cazador, más o menos nómades. Los científicos asumieron una continuidad, que una de las maneras de que cada grupo o banda tuviera identidad propia, era que tuviera su lengua.
El resultado fue que en esa era post glacial podría haber habido entre 4500 y 6000 idiomas, menos de los que hay ahora y practicado por apenas unos miles de personas.
La sorpresa vino al aplicar al modelo el sedentarismo producido por la agricultura y la ganadería, que fijó poblaciones y eventualmente creó la vida urbana. El modelo clásico especula con que los pioneros en estas técnicas tuvieron un crecimiento demográfico importante, se expandieron y absorbieron poblaciones vecinas, sedentarias o nómades. Esos "colonizados" habrán perdido sus lenguas propias.
Pero este estudio plantea que el crecimiento demográfico genera migraciones, no sólo absorción, y que las grandes poblaciones se dividieron, generando las condiciones para que surgieran nuevos idiomas. La edad de oro de la diversidad lingüística fue, entonces, del paleolítico al comienzo de los primeros imperios centralizados, como Roma o China. El modelo indica que pudieron existir hasta veinte mil idiomas vivos en el planeta.
Para cuando comenzó la expansión imperial europea, china e india, y la conquista de Siberia por los rusos, el griego y el latín habían ya liquidado el etrusco y el galo, y la cuenta lingüística del árabe o el persa puede ser larga. Los autores hasta especulan sobre la pérdida de fonemas y estructuras gramaticales.
Pero el desastre fue la globalización de los idiomas imperiales. Si hablar una lengua es una manera de pensar, si cada vez hay menos idiomas, estamos cada vez más bobos.
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