La división de lo inseparable

Por Silvia Hopenhayn
No es fácil separar las aguas, cuando el cauce las deja correr, aunque las orillas dividan su curso. Fluye de una sola manera, con mayor o menor crecida. Por más que nos aislemos, aferremos juncos, nademos a favor de la corriente, estamos todos embarcados. El curso de la humanidad es inevitable. Como escribe Borges en su también inevitable ensayo "Nueva refutación del tiempo": "Nuestro destino, es espantoso porque es irreversible y de hierro, el tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río. "De mejor o peor manera, en la superficie, más hundidos, estamos adentro. De un lado y del otro, enfureciendo las aguas en lugar de propiciar su fluidez, están los que mandan o despotrican; unos enfermos de poder, los otros, de furia, que no saben nadar sin hundir a otros… Y en el medio, el agua que corre, el vértigo, la supervivencia, la alegría de vivir, las dificultades, la corriente que pulsa y arrastra. Pero, ¿se puede dividir un río?
Aunque parezca una extrapolación, estoy hablando del mundial. Un acontecimiento que nos reúne, soltando lágrimas de emociones varias, casi opuesto al otro acontecimiento que lleva la misma palabra, las guerras mundiales. La gente renueva un sentimiento que suele estar relegado: la alegría. Y con este aparece otro aún menos habitual: la amabilidad. Se palpa en las calles. La disposición es otra, la bondad cuenta con más adeptos. En los bares, abrazos y besos entre desconocidos. La cercanía nos relajó, momentáneamente felices, salimos a flote. ¿Sólo por haber ganado? Se trata de un juego mayor, el de la ejemplaridad. El efecto de escuchar a Scaloni o a Messi, sin ínfulas, afectuosos, entregados a lo que se dedican, considerando a los demás en cada una de sus palabras. Nuestra selección es mucho mejor que nuestra elección (si consideramos que el presidente que nos gobierna ha sido elegido… más bien resultaría de un descarte).
Sus líderes promueven lo mejor para el equipo. Y no es una "selección natural", darwiniana, como las que enaltecen los libertarios: que se salve el que pueda y los demás perezcan o se las arreglen tristemente. Es una selección esforzada, por familias, personas, vientos a favor, piedras en el camino, ganas y, sobre todo, buen juego. Pero esta vez fue distinto, demostraron que la cancha no está aislada, que forma parte del mundo. Y que la alegría también puede ser combativa. Ganar la semifinal, y mostrar la bandera de "Las Malvinas son argentinas" en la cancha de Atlanta (EE.UU.) no fue un acto disruptivo ni rebelde, fue un comunicado: personas que reclaman humanidad. Un gesto enorme, y simple.
Estamos en el mismo río, en el mismo tiempo. La selección demostró que la corriente puede ser gloriosa y justa. ¿Acaso es necesario que gobiernen los que contaminan las aguas, promoviendo pirañas que destruyan el tejido humano? ¿De dónde salieron estos líderes mundiales tan destructivos, de jerga soez, de qué injurias narcisísticas quieren librarse promoviendo el odio, dividiendo lo inseparable? ¿Cómo puede ser el poder tan poco representativo?
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