La espera y la multitud

22.07.2026
Ilustración: Fabian Marcaccio, De la agresividad desenfrenada a la decoración, 1997. Colección Daros Latinamerica, Zúrich.
Ilustración: Fabian Marcaccio, De la agresividad desenfrenada a la decoración, 1997. Colección Daros Latinamerica, Zúrich.

No somos un conjunto homogéneo de fachos racistas y libertarios, tampoco de confesionalismos políticos. Somos hombres y mujeres comunes, mejores o peores, parecidos a una muchedumbre, con el ojo y el oído afinados para detectar el canto de sirenas y la lengua extrema de la traición.


Por Conrado Yasenza - Periodista. Docente en la Universidad Nacional de Avellaneda

Somos como ese hombre que está solo y espera sin saber bien qué y a quién. Ni balcones lejanos, ni el bonito sonido de alguna música. Se nos filtra por la loza el moho de reyertas chiquitas, muy alejadas del padecimiento cotidiano de esos hombres que de tan solos tampoco ansían el cobijo de la madre protectora, una naturaleza alejada de la tierra diaria, del trabajo mal pago y la falta de sueño, de la falta de trabajo, del trabajo en negro, del trabajo esclavo, del boleto del transporte público, del hospital derruido, de la espera por un turno en las madrugadas fieras del invierno, del precio de los alimentos y del Estado que no supimos cuidar y tanta falta nos hace.

Ese hombre, esa mujer, tampoco espera que sigamos destruyendo instituciones. Valoran mucho más de lo que creemos la identificación de un ser sumado al conjunto, a un espíritu colectivo que se hace presente más allá de la coyuntura, habitado por sensibilidades y voluntades históricas, por deseos de algún tipo de orden – no le temamos al uso de las palabras – donde la experiencia solidaria que existe más allá del Estado no sea fagocitada por burócratas ordinarios, sino abrazada como una voz que viene del barrio para hacerlo más humano, menos degradado, y, tal vez, más cercano y eficiente.

No somos un conjunto homogéneo de fachos racistas y libertarios; tampoco de confesionalismos políticos, aunque abunde la lengua extrema de la traición. Somos hombres y mujeres comunes, mejores o peores, parecidos a una multitud, a una muchedumbre, con el ojo y el oído afinados para detectar el canto de sirenas, antes o después de caer adormecidos justo allí donde se confunden los límites entre lo real y lo irreal. También somos ese gigante que de tan extenso cuesta reconocerlo, ese que alberga la vastedad en su extensión. Somos ese cielo profundo que nos conecta a la vida y el tiempo, que es devenir, y que contiene en su claridad las palabras que alegran y angustian: vida y muerte. Somos como la música de un tango, no su letra.

Tal vez todo esto contiene una suerte de sabiduría popular que alguna clase de políticos desconoce: Ese individuo que se busca, que espera y se siente acompañado en la muchedumbre, es aquel que confía en sus pálpitos y por ello es la desgracia de los que no lo pueden predecir. Esos hombres y mujeres aman la letra extraída de la vivencia, de la experiencia; aborrecen las abstracciones surgidas de la absoluta conceptualización; se ofuscan cuando algo surgido del ámbito vivo de sus barriadas – permeable, móvil y sentimental – es encerrado en un programa elaborado en gabinetes tabicados.

Esos hombres y mujeres que están solos esperan porque nunca pierden la esperanza, metida en la entraña del alma junto al sentimiento de fragilidad. Por eso también son torvos a la hora de la decepción.

Mujeres y hombres solos, pero solos dentro del conjunto, dentro de las raíces de una comunidad que rehumaniza la vida en el lenguaje íntimo de la conversación acechada por el algoritmo y sus redes. Tiene la certeza de que está solo, y también la intuición de que su soledad y angustia sólo se aplacan cuando la vida se conjuga en la fraternal convicción de una historia compartida.

Esperemos, junto a otros hombres y mujeres, una estación más benigna para ser juzgados. Aceptar la incertidumbre de la época requiere de valor político ante la imposibilidad de una transformación radical, revolucionaria, y demanda paciencia, en términos reformistas, para no minar por completo la oportunidad de alguna nueva utopía donde el peso del deseo sea la única esperanza posible ante esta temporada de malas noticias y regiones tan poco atrevidas, tan poco dispuestas a reincidir en la palpitación de un intento, sin mendigar permisos para que la vida no se nos escape.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/la-espera-y-la-multitud-por-conrado-yasenza/

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