La herida del suicidio en Argentina

26.09.2026
Foto: Jesús Hellín / Europa Press.
Foto: Jesús Hellín / Europa Press.

Cada dos horas alguien se suicida en nuestro país. Los datos de esa realidad superan la media mundial y nos interpelan como sociedad. Jorge Elbaum alerta sobre las consecuencias devastadoras que las políticas económicas y la doctrina liberticida de «patear al caído» tienen sobre subjetividades vulneradas.


Por Jorge Elbaum - Sociólogo. Periodista. Escritor. Dr. en Ciencias Económicas.

(para La Tecl@ Eñe)

Cada dos horas, alguien se suicida en nuestro país. Los datos de esa realidad superan la media mundial y nos interpelan como sociedad para advertir que «la macro» —tan endiosada y aparentemente neutral— también cumple su papel de espanto en las estadísticas del estrago doloso. Aparece como indudable que las políticas económicas, el discurso de la crueldad, la doctrina liberticida de «patear al caído» y el desprecio por los más vulnerables, también tienen consecuencias devastadoras en el pellejo de la subjetividad. Quizás no logramos advertir, además, que el utilitarismo y la ausencia de esperanza van acompañados de la reverberación de la arenga distópica. Y esta última por la naturalización de la crueldad que despliega su geografía de abismo y su certeza de extinción humana. ¿No había algún indicador que conecte la caída de la natalidad con esa negrura con la que nos martirizan, apelando a los cantos de unas sirenas taciturnas que sólo corean malas noticias?

A medida que la curva de suicidios aumenta, no logramos advertir la íntima conexión que existe entre el retiro del Estado, el aislamiento, la prevalencia de una imaginación distópica, la conectividad digital (descorporeizada) y el deterioro de los lazos sociales. Cuando te desarman, te excluyen del cuidado mutuo —que provee colchón emocional— y te quitan el sostén comunitario, estás más expuesto.

Es necesario decirlo. El suicidio mantiene una relación particularmente tensa con el futuro. El presente pierde su asombro y su belleza porque está colgado de un porvenir que sólo augura más de lo mismo, una habitación sin ventanas en la que no se alcanza a ver el rescoldo debajo de la ceniza. El suicidio crece como una calamidad silenciosa. Sobre todo, entre adolescentes y jóvenes. Exige que nombremos su presencia sin simplificaciones, reduccionismos ni estigma.

Hace más de un siglo, el sociólogo francés Émile Durkheim estudió las causalidades sociales que contribuyen a que determinadas personas tomen decisiones desesperadas. Expuso los motivos transversales que coadyuvan a dichas decisiones trágicas, sin que las propias víctimas sean conscientes de ellas. Además, demuestra que las tasas de suicidio varían según los niveles de integración o anomia social. Y, a su vez, con la capacidad que tienen las sociedades para brindar un sentido vital poderoso a sus integrantes.

Durkheim reveló que existían grupos sociales más proclives a tales predisposiciones. Entre ellos, los varones. Esta última regularidad continúa exhibiéndose de forma similar en la Argentina actual a lo que sucedía en Francia, a fines del siglo XIX. ¿Qué concepción sigue operando en la masculinidad contemporánea para que casi el 80 por ciento de quienes se suicidaron en nuestro país, en 2025, sean varones? Cuando el sociólogo francés publicó su trabajo estadístico demográfico, en 1897, se supo que el segmento de edad más expuesto era el grupo de ancianos. Y que la tasa disminuía con la edad: más jóvenes, menor proporción de suicidios. Esos datos son inversos en la Argentina actual. ¿Por qué los jóvenes entre 15 y 34 años son los que están más expuestos al autodaño? El hecho de que existan patrones demográficos nos advierte que también coexisten causalidades sociales que están asociadas a las subjetivas.

Esa búsqueda de un final no nace exclusivamente de una historia biográfica particular. También existen los otros. Aquellos que hemos internalizado y los que interactúan diariamente con nosotros en las familias, en las instituciones, en la (in)comunicación digital. Nos hicieron creer que somos autosuficientes y que todo el caos y el orden del mundo caben dentro de nosotros. Eso es falso. No nacemos ni crecemos aislados. Alguien nos ayudó en los primeros años. Alguien nos cuidó o protegió. De no haber sido por esos otros, no hubiésemos podido sobrevivir. Puede incluso que esa tarea se haya hecho bien o mal, pero sin ella no hubiésemos pasado del primer umbral. Ese empujón inicial prologa lo que fuimos construyendo. Después, cabizbajos o sonrientes, nos cruzamos con decenas, cientos y miles de otras y otros que dejaron luz o sombra en nuestra manera de estar en el mundo.

Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros

A menor cuidado y protección colectiva, mayor posibilidad de que las personas pierdan la motivación por vivir. Es verdad que la contención emocional aparece como una condición necesaria, pero no suficiente, para guarecernos frente a los variados desgarros que atravesamos en la vida. Una frase atribuida a Jean-Paul Sartre señala que «somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros». Eso implica dos secciones cronológicas entrelazadas. La primera hace referencia a todo lo que recibimos sin elegir: el lugar donde nacemos, el capital social que heredamos, nuestro entorno familiar y la educación inicial que recibimos. Esos son los condicionantes con los que amasamos nuestro presente y futuro: el primer término de la frase de Sartre «somos lo que hacemos». Esa articulación supone que la arcilla inicial es diferente. Y lo que «podemos hacer» está fuertemente atravesado por eso que recibimos.

En aquello que «hicieron de nosotros» –e incluso lo que siguen haciendo con nosotros– hay fuerzas que apuntalan, destruyen, debilitan o fortalecen nuestra subjetividad: culturas familiares atravesadas por el abuso; precariedades emocionales que hunden en el temor; marcas de violencia sin sanar; vulnerabilidades económicas que hacen del presente una pesadilla; imposibilidades de imaginar el porvenir; deudas de juego o créditos tomados para comprar comida; adicciones; padecimientos de salud mental no tratados a tiempo; abandonos gubernamentales que hacen de la crueldad una forma de orgullo. Todos esos elementos, o cada uno por separado, impactan de tal manera que muchos (y muchas) no logran reconvertir esas dolencias en una apuesta vital. Es verdad que existen otros que —con trabajo, poesía, contención externa, amor o análisis— logran delimitar el resultado arrollador de ciertos golpes. Pero ¿vamos a culpabilizar a quien no lo logra, a quien padece, a quien no pudo salir del encierro en el que percibe su biografía? ¿Vamos a abandonarlo con una revictimización que lo hace responsable de su sufrimiento encarnado?

Los dolores tienen orígenes diversos. Largas depresiones no atendidas, duelos fermentados, consumos que prometían alivio y terminaron alienando, marcas antiguas sin sanar, familias y escuelas que dicen proteger pero que en realidad destruyen, sistemas de salud mental desbordados, desfinanciados o lejanos. Decir lo social no borra lo íntimo: lo integra y lo complementa. Porque cada existencia es una trama de cuerpo, memoria, vínculos, historia, economía y comunidad.

No sabemos con certeza si alguien lee estas líneas desde una habitación cerrada, rumiando su martirio porque no encuentra otra salida. En ese refugio interno, al borde de su sombra, un nudo repite en soledad su íntimo secreto sin porvenir. En muchas ocasiones, quienes piensan acabar con su existencia se van desconectando progresivamente del entramado afectivo. No creen que alguien pueda auxiliarlos porque están convencidos de que todo se juega en su interioridad. Es ahí donde faltamos. Donde nuestra ausencia se hace ostensible porque no sabemos cómo pronunciar las sílabas de sus fantasmas. O porque no logramos unir la ética del cuidado con la responsabilidad y la delicadeza que merece toda vida atormentada. Ese ahogo se profundiza, además, cuando se omiten —en la agenda social pública— los ejemplos de coraje; las historias de amistades inquebrantables; la nobleza de la entrega militante; la belleza curativa de la naturaleza y las múltiples formas vivaces del compañerismo y la entrega.

Ahí afuera caminan parientes, amigos y compañeras que perciben su existencia como una experiencia desdichada. Y encima viven su desgarro en un clima donde no abundan los relatos colectivos esperanzadores. El contexto entrelaza la subjetividad del dolor con el abandono del cuidado social organizado. A eso se le suma la continua propagación de distopías y un murmullo persistente que suele celebrar la crueldad e imponer el desánimo. Dada la generalización de esta pandemia, es posible que cerca de nosotros existan personas que están atravesando esa pesadilla. Tal vez les cueste respirar. Pero incluso en ese ahogo hay un hilo de oxígeno que afirma que su historia no está clausurada. Podrá estar mutilada, pero todavía guarda aire suficiente para decir que necesita ayuda. Hay horas en que el calendario pesa como una piedra y el cuerpo se vuelve una casa sin ventanas. En esos momentos la cabeza repite una sentencia escrita por el padecimiento. En ese momento no ayudan los discursos moralistas: hace falta un silencio compartido, una mano tibia, una voz que no pronuncie sermones. Basta una presencia comprensiva. Una cercanía, incluso silenciosa.

Henri Bergson llamó élan vital al impulso misterioso que atraviesa todo lo que respira. Ese impulso pierde vigor cuando una sensación de fracaso, convertida en pantalla automática de desdichas, empieza a pesar toneladas. La vitalidad siempre necesita un sentido. Una poderosa ilusión que aspira y desea. Una fuerza que inventa caminos aun cuando los senderos están anegados, que funciona como un faro pero que privilegia el viaje por sobre el destino. Konstantin Kavafis transmitió esa disposición en un poema escrito a finales del siglo XIX, titulado «Ítaca». Ese desplazamiento, que convierte el trayecto en la parte sustantiva del viaje, no siempre es en línea recta. Implica caerse y no se realiza con zapatos limpios.

Baruj Spinoza supo que la tristeza nos quita potencia, nos achica el pulso, nos roba la posibilidad de obrar. Jauretche, con su sabiduría de tierra y esquina, lo tradujo al porteño: las oligarquías prefieren pueblos entristecidos, cuerpos aislados, almas exhaustas. Por eso, hablar de suicidio no puede reducirse a una escena privada: también obliga a preguntarnos qué formas de abandono, precariedad y brutalidad social están levantando muros alrededor de la esperanza. Debemos advertir, además, que abundan las observaciones que asocian la fragilidad con culpa y el cansancio con vergüenza. Las lecciones mundanas de un estoicismo —rebajado en manual de autoayuda— que insiste en calificar el «no puedo más» como una falla de la matrix privada. No es un delito estar abatido.

Tenemos que popularizar la posibilidad de llamar a una línea de ayuda, acercarse a una guardia, a un centro de salud, a una escuela, a una organización del barrio. No hacen falta palabras perfectas: alcanza con decir «no puedo más» para que —del otro lado— se haga presente alguna forma de sostén. La ternura puede ser una patria portátil. Llorar de a dos diluye la desesperación. Hace que el peso de la aflicción se reparta, que la señal salga del agujero y se vuelva pasaje. No hay contradicción entre estar roto y buscar a otros. A veces el hilo que salva comienza exactamente ahí: en mostrar la grieta y permitir que un otro ingrese para hacerla más ancha, para permitirle que entre un poco más de luz.

Nos necesitamos en esa tarea porque somos necesarios. Nos necesitamos con días nublados y noches rotas. Con silencios y quizás sin preguntas. Nadie vuelve del precipicio por obedecer un mandato de fortaleza. Se vuelve con otros: con una amiga que escucha sin juzgar, con un docente que detecta una señal, con una médica que pone una mano en el hombro, con un club que enciende las luces de su canchita para invitarte a jugar, con una política pública sostenida, con presupuesto, prevención, tratamiento y seguimiento. Se tramita en comunidad. Acompañar no es tener todas las respuestas: es estar cerca; apartar peligros inmediatos, insistir con delicadeza, acompañar con la presencia cercana y/o sostener hasta que lleguen los profesionales.

El suicidio también debe leerse como una interpelación colectiva. Necesitamos volver a reivindicar espacios donde la existencia, la cotidianeidad sean invocadas por su nombre y no sean asociadas al aislamiento de las redes sociales, el egocentrismo, la competencia o la guerra de todos contra todos. La vida, cuando duele tanto, necesita testigos amorosos. Toda desolación merece y exige compañía.

Si necesitás ayuda, comunicate con el Centro de Asistencia al Suicida (CAS): (011) 5275-1135. 

Desde CABA y el Gran Buenos Aires también podés llamar a la línea 135.

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