La política de una puntada

Una aguja, unos hilos y un pedazo de tela del tamaño de una hoja A4 se transformaron en instrumentos de memoria colectiva. La experiencia de Bordando Luchas, coordinada por María Claro, esa militante social incansable, fue revelando algo de esa potencia. Amigos, familiares, personas y organizaciones de distintos lugares comenzaron a bordar los nombres y apellidos de los desaparecidos.
Por Héctor O. Becerra - Subeditor de la sección ética en El Equipo, el Newsletter de Deportea. Autor de «La maravilla de estar comunicado».
(para La Tecl@ Eñe)
¿Por qué bordan a sus desaparecidos?
La pregunta puede parecer extraña. Bordar pertenece, al menos en nuestra memoria cultural, a otro tiempo: al de las madres y las abuelas sentadas junto a una mesa, ocupadas en una tarea paciente, minuciosa, casi silenciosa. Sin embargo, a cincuenta años del golpe de Estado de 1976, esa vieja práctica doméstica adquirió una dimensión inesperada. Una aguja, unos hilos y un pedazo de tela del tamaño de una hoja A4, se transformaron en instrumentos de memoria colectiva.
La experiencia de Bordando Luchas coordinada por María Claro, esa militante social incansable, fue revelando algo de esa potencia. Amigos, familiares, personas y organizaciones de distintos lugares comenzaron a bordar los nombres y apellidos de los desaparecidos. Después aparecieron las fechas de la desaparición, fotografías, dibujos y distintas formas de intervención. Los bordados comenzaron a llegar desde las provincias argentinas, también desde el exterior. Miles de fragmentos fueron reuniéndose hasta constituir una obra colectiva. El 4 de octubre de este año, en el Parque de la Memoria, una nueva jornada de bordado retomó aquellas experiencias anteriores.
¿Qué tiene el bordado para producir semejante convocatoria?
Una primera respuesta sería decir que se trata de una forma de homenaje. Y seguramente lo sea. Pero, esa explicación parece insuficiente. Porque aquí no se trata solamente de recordar. Tenemos algo más: se hace algo con ese recuerdo. Algo que compromete el cuerpo y que transforma el dolor en una actividad.
Se borda un nombre y esto no es un detalle menor.
La desaparición forzada no consistió únicamente en matar. También procuró borrar las huellas, negar la existencia, sustraer los cuerpos y, con ellos, una parte de la posibilidad misma de elaborar una pérdida: el duelo. Frente a esta operación de borramiento, el bordado realiza una operación inversa: inscribe. Donde alguien quiso producir una desaparición aparece un familiar, un amigo, que vuelve a escribir un nombre. Pero, no lo escribe solamente con tinta, lo atraviesa con una aguja. La mano sostiene el hilo, la aguja penetra la tela y vuelve a salir. Una puntada, otra puntada y una más. El nombre va apareciendo lentamente. Hay una temporalidad particular. No es una acción instantánea. El recuerdo requiere tiempo, repetición y trabajo.
Dice María Claro: «La gente que borda no se calla: a veces cuentan sobre las personas que están rememorando. Dicen y dicen; a veces el relato es muy largo, hay una necesidad de expresarse. Otras, con un video, refieren quién es la persona, a qué se dedicaba. Eso sí habla por sí mismo«. Tal vez por eso resulta tentador hablar de una catarsis. Pero, la palabra no alcanza. En el tema de los bordados se pone en juego algo más que la palabra, porque muchas veces las palabras no alcanzan. No hablamos de catarsis, entonces, porque no parece que se trate de descargar un dolor para quedar liberado del dolor. El dolor permanece. Lo que cambia es la relación con el dolor. Podríamos decir que el dolor encuentra una forma de inscripción.
El psicoanálisis nos ha enseñado que aquello que no puede ser elaborado simbólicamente puede retornar de distintas maneras. Pero, también nos permite pensar que la elaboración psíquica no consiste necesariamente en borrar una experiencia dolorosa, sino en encontrar modos de inscribirla, de ligarla, de darle alguna forma. El bordado ofrece una operación particularmente concreta: hace algo con aquello que duele. Y todavía aparece otra cuestión. El bordado pertenece a una tradición femenina y doméstica. Muchas de nuestras madres y abuelas aprendieron a bordar cuando eran jóvenes. Era una actividad asociada al ámbito privado, al cuidado, a la paciencia, a la espera, a la transmisión de saberes de una generación a la otra.
Ahora, aquella práctica sale de la casa. La aguja abandona el espacio doméstico y llega al espacio público. El bordado se convierte en memoria política. Es como si una antigua actividad enseñada por las abuelas adquiriera, con el paso de las generaciones, un nuevo significado del que participaron también los varones, que se sentaron a bordar. Aquello que alguna vez pudo haber sido una tarea doméstica silenciosa, se convierte en una forma pública de decir: esto ocurrió, estas personas existieron, estos nombres no serán borrados.

Además, los bordados se unen. Un retazo con otro. Un nombre con otro nombre. Una historia familiar con otra historia familiar. Una ciudad con otra ciudad. Un país con otro país. El hilo cumple entonces una función que excede su condición familiar: une aquello que la desaparición había separado. El desaparecido pasa a formar parte de una memoria colectiva. Por eso resulta tan conmovedora la transformación de pequeños bordados individuales en enormes superficies que necesitan ser enroscadas para ser transportables. Cada persona realiza una acción diminuta, pero miles de acciones diminutas producen algo enorme.
Hay aquí una política de la puntada, Una política que no necesita de grandes discursos para hacerse visible. Frente a los dispositivos del poder, frente a la violencia y frente a los mecanismos destinados a disciplinar y silenciar, aparece una actividad aparentemente insignificante: sentarse y bordar.
Una aguja.
Unos hilos.
Un nombre.
Después aparece otro nombre.
Y otro.
Y otro.
Hasta que son 30.000.
En un trabajo anterior sobre lo que denominé el infantilismo argentino, intentamos pensar la vigencia del terrorismo de Estado que da lugar a mecanismos de sometimiento, inmovilización y regresión del pueblo argentino. Hoy resulta interesante observar el fenómeno desde otro lugar. Porque si existe una sociedad que puede ser sometida a mecanismos de domesticación animal, también existen formas de acción que -aunque parezcan minúsculas- recuperan la capacidad de hacer. Bordar es hacer. No es solamente mirar hacia atrás. Bordar es producir una marca en el presente y disputar el sentido de lo ocurrido. Por eso quizás la experiencia tenga una dimensión restitutiva. No porque pueda restituir aquello que fue perdido -ningún bordado puede devolver un cuerpo-, sino porque puede restituir algo que la desaparición forzosa de personas intentó destruir: la singularidad de un nombre, una historia y un lugar en la memoria de los otros. No devuelve al desaparecido, pero devuelve su nombre al espacio común. Y tal vez allí encontremos una de las razones de la extraordinaria respuesta que ha tenido esta experiencia.
Hay algo en la repetición de la puntada que recuerda que la memoria tampoco es un acto único. La memoria se hace y se rehace. Se transmite. Se vuelve a contar. Se vuelve a escribir. Se vuelve a bordar. Cada puntada parece decir: no te olvidamos. Pero, quizás diga algo más. No vamos a permitir que desaparezca nuevamente. Porque hay una diferencia fundamental entre la desaparición y ser borrado de la memoria. Contra el olvido podemos trabajar, y a veces ese trabajo puede comenzar con algo tan pequeño como una aguja atravesando una tela. La memoria, entonces, no solamente se recuerda. Se borda.
Fuente:
https://lateclaenerevista.com/la-politica-de-una-puntada-por-hector-o-becerra/
