La sociedad que implosiona: la violencia hacia adentro

10.09.2026

El martes 1° de septiembre el patinador del seleccionado argentino, Lucas Benítez, de 36 años, fue agredido por un pasajero mientras realizaba una coreografía artística para juntar plata en un vagón de la Línea Bdel subte porteño.

Mientras patinaba, un hombre que se encontraba sentado le puso un pie como traba, lo que le provocó la caída y la rotura de sus patines, que son básicamente su fuente de trabajo desde los 16 años. Un dato no menor es que el atleta tiene un visible angioma (tumor benigno) en la cara, que le reduce la visión en el ojo izquierdo.

El jueves pasado, Nicol Gabriela Pujana, una mujer trans, fue atacada a plena luz del día mientras esperaba ser atendida en un centro de salud de Río Tercero, Córdoba. Un hombre, identificado por la justicia como O. F., le arrojó una piedra con violencia y el hecho quedó registrado por las cámaras de seguridad de la institución.

Luego de la denuncia por lesiones, a pesar de la evidencia y los testigos, el agresor recibió una restricción perimetral pero no quedó detenido. Por esa circunstancia Pujana, quien denunció que posteriormente recibió amenazas a través de la redes sociales, cuestionó la eficacia de una medida que no le ofrece demasiada protección.

A pocos días de ese episodio, se viralizó un video donde se ve a un grupo de adolescentes de entre 13 y 14 años, en Mataderos, andando en bicicleta y atacando con insecticidas a una mujer en situación de calle que se encontraba durmiendo. La escena resulta perturbadora porque la violencia no aparece solamente como agresión sino también como entretenimiento o motivo de burla de los jóvenes que parecen disfrutar de la humillación a una persona extremadamente vulnerable.

Luego del hecho, la mujer sufrió una crisis nerviosa por lo que desvío ser atendida y trasladada al Hospital Santojanni.

Si bien los tres episodios no se relacionan directamente, se producen en distintas latitudes, con diferentes protagonistas y motivaciones que no pueden equipararse mecánicamente, existe un punto en común que los une vinculado al direccionamiento del odio social, la bronca y la violencia hacia personas en una posición de mayor vulnerabilidad que, no casualmente, también han sido abandonados en los últimos tres años por las políticas del gobierno nacional, en muchos casos perseguidos y criminalizados, y utilizados como chivo expiatorio de los discursos de odio del propio oficialismo. A fuerza de choque, vehemencia y brutalidad, han sido despojados de su condición de semejantes y convertidos en cuerpos disponibles para la agresión, la humillación, la bronca y el desprecio.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu explica que la violencia no comienza cuando es aplicada en el plano físico, sino que en su etapa previa necesariamente actúa en una dimensión simbólica que permita clasificar, jerarquizar y establecer quién merece reconocimiento, respeto y legitimidad, y quién queda ubicado en posiciones inferiores dentro del espacio social. La deshumanización es el proceso por el cual una persona trans, una persona en situación de calle, un pobre, un migrante, un trabajador precarizado, un repartidor, o una persona con discapacidad puede dejar de ser percibida como individuo, como compatriota, como sujeto de derecho, o como persona digna de respeto. Ese paso, que implica el deterioro de la capacidad de reconocer al otro como un igual, es un método de disciplinamiento fundamental del poder porque garantiza la afectividad de la violencia.

En este punto, es que ingresa la discusión sobre el clima de época baitero, que instala que la política consiste en destruir a quien piensa distinto, legitimar la humillación como método de disputa y colocar a la empatía como una debilidad. Si bien es poco atinado afirmar que un adolescente agrede a una persona en situación de calle porque vio un video de un funcionario insultando, o que un ataque transfóbico es consecuencia directa de un discurso presidencial, sí es cierto que los discursos públicos contribuyen a producir los marcos culturales y las normas dentro de las cuales ciertas formas de desprecio y odio pueden expandirse, naturalizarse y reproducirse.

El gobierno de Javier Milei utiliza como columna vertebral de su estrategia política la descalificación, el insulto, la confrontación y la identificación de enemigos internos. No solamente usa categorías como "basuras inmundas", "mierdas humanas" o "mandriles" en sus redes sociales, sino que además fomenta el odio y la humillación en instancias formales y solemnes. En su discurso de apertura de sesiones de 2026 por ejemplo, según un relevamiento de Chequeado, se contabilizaron 56 insultos cifra que equivale a 1 cada 100 segundos.

Además, para entender la integralidad del clima epocal, cabe agregar que este tipo de discursos se pueden encontrar además en gestiones de otras escalas. Por ejemplo, en el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, encabezado por Jorge Macri, que entiende el crecimiento en un 57% de las personas en situación de calle como si se tratara de temas de orden, limpieza, seguridad y recuperación del espacio público; mientras que el intendente de Mar del Plata, Guillermo Montenegro, implementa una política de desalojos y ataque a personas y familias enteras en situación de calle, desocupadas, pobres y trabajadores informales, que incluye videos y shows para redes sociales.

Lo que vemos, entonces, puede tratarse del aumento de los niveles de violencia social en medio de una crisis, pero visto desde las formas de procesamiento del conflicto. Por eso la violencia entre ciudadanos y pares, la violencia horizontal -que puede expresarse como transfobia, xenofobia, clasismo, misoginia, discriminación, humillación o crueldad- suele dirigirse hacia quienes ocupan posiciones más débiles.

Del estallido a la implosión social

Asi como durante la mayor parte del siglo XX en Argentina se sucedieron las grandes crisis sociales bajo la forma de explosión o estallido social, con un fresco antecedente en el 2001 donde la crisis económica se trasladó inmediatamente a las calles, la protesta, la indignación colectiva, el "que se vayan todos" y una fuerte una crisis político-institucional; en los últimos años, sobre todo como consecuencia de los cambios tecnológicos y sus efectos vinculares (quiebre de lazos, individualización, aislamiento, fragmentación), hoy las personas implosionan. La precariedad laboral y la desocupación se transforman en fracaso personal: la imposibilidad de acceder a una vivienda en incapacidad individual; la pobreza y el endeudamiento como vergüenza; el agotamiento como falta de productividad; la angustia como un problema de gestión emocional.

Byung-Chul Han habla de una sociedad del rendimiento en la que la disciplina, el rigor y el control son incorporados por los propios sujetos que se auto explotan bajo el mandato de rendimiento y la optimización permanente. 

Una forma de observar el fenómeno de la implosión es a través de la crisis de salud mental y el aumento de los suicidios. En 2025 Argentina registró 5.209 casos de suicidios, un 22,6% más que el año anterior y la cifra más alta de la serie comparable. Especialistas advierten que hoy es la principal causa de muerte en el grupo etario de 15 a 34 años y constituye la principal causa de muerte violenta del país, casi triplicando a los homicidios dolosos. Es difícil no leer esta información junto con la epidemia de padecimientos que afecta principalmente a jóvenes, y la expansión de formas de sufrimiento asociadas a la precariedad, el aislamiento, el endeudamiento, la incertidumbre y la pérdida de soportes colectivos, siempre contemplando que el suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial.

La idea de implosión permite entonces juntar dos fenómenos que solemos analizar por separado pero son expresiones diferentes de una misma erosión de los lazos sociales: la violencia contra los otros y la violencia contra uno mismo. Las personas, en un guiño a los poderes concentrados, terminan interiorizando como fracaso personal aquello que tiene causas estructurales, descargando su frustración sobre quienes están más abajo en la estructura social y, simultáneamente, auto exigiendose a niveles extremos.

En las casas aumentan los niveles de violencia de género y violencia intrafamiliar; en los barrios se multiplican los aprietes, amenazas, pases de factura y ataques por las deudas y la morosidad; aumentan la angustia, los suicidios y las distintas formas de padecimiento subjetivo.

Si vos o alguien que conocés está atravesando una situación similar podés comunicarte con la Línea 135, una línea gratuita, disponible las 24 hs. En todo el país podés hablar a través del 0800-345-1435, la línea Nacional de Salud Mental.

Mientras desde las jerarquías del poder (ejecutivo, judicial, financiero, economico, político) protegen los hilos para evitar un estallido social, por debajo se reproduce una sociedad a punto de reventar, una sociedad que implosiona, en la que la violencia circula horizontalmente hacia quienes están cerca, hacia quienes están abajo y hacia el interior de cada individuo.

Esa es la verdadera razón: la explosión social supone que el conflicto encuentra un nosotros colectivo que da sentido y la implosión supone lo contrario, que cada uno queda solo frente a lo que le ocurre. Por eso, parte del trabajo de resistencia y el corazón de un programa político de la oposición debe enfocarse en reconstruir los vínculos, las mediaciones del estado y las instituciones, y las formas de solidaridad capaces de transformar nuevamente el sufrimiento privado en una causa colectiva.

Fuente y foto:
https://www.eldestapeweb.com/sociedad/sociedad-implosiona-violencia-adentro-202699162557

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