Lo puto no quita lo facho: cuando el otro deja de importar

18.09.2026

En la revista Topia, Tom Máscolo identifica cómo Peter Thiel terminó de romper la fantasía de que "un puto no puede ser facho".

Por Tom Máscolo

Hay frases que condensan una época. "Lo puto no quita lo facho" es una de ellas. No porque descubra algo completamente nuevo, sino porque obliga a desmontar una de las ilusiones más cómodas de los últimos años: creer que la sola presencia de personas LGBTIQ+ en espacios de poder representa, por sí misma, un avance para nuestras vidas.

Durante mucho tiempo se nos vendió la idea de que alcanzar lugares de representación era sinónimo de emancipación. Como si el hecho de que un empresario fuera gay, una funcionaria fuera lesbiana o un millonario financiara causas vinculadas a la diversidad implicara necesariamente un compromiso con la igualdad. Peter Thiel terminó de romper esa fantasía. Es un hombre gay, sí. Pero también uno de los principales financistas de proyectos políticos profundamente autoritarios, enemigos de los derechos sociales y promotores de un capitalismo cada vez más cruel. Su existencia demuestra algo evidente: la orientación sexual no determina una posición política.

Esta discusión no es abstracta. La estamos viviendo en Argentina.

El gobierno de Javier Milei eligió convertir a las identidades LGBTIQ+ en uno de sus enemigos predilectos. Necesita construir enemigos culturales mientras avanza sobre salarios, jubilaciones, universidades, hospitales y derechos laborales. No alcanza con ajustar. También necesita señalar culpables. Y las personas trans, travestis, gays, lesbianas y no binarias volvimos a ocupar ese lugar que tantas veces nos asignó la historia: el de quienes supuestamente amenazan el orden social.

Facho antes que nada

No es casualidad. Cada vez que una derecha radical necesita cohesionar a su base, apela al mismo recurso. Construye un "otro" al que responsabiliza por todos los males. Antes fueron migrantes, judíos, comunistas o mujeres organizadas. Hoy también somos nosotres.

Pero mientras el Gobierno instala discusiones sobre ideología de género o intenta ridiculizar nuestras identidades, en los barrios pasan cosas mucho más concretas. En Once y Constitución continúan los desalojos, ni hablar las provincias. Hay familias enteras expulsadas de hoteles y pensiones. Hay personas trans que vuelven a quedarse sin techo porque nunca pudieron acceder a un trabajo registrado ni a un alquiler formal. Hay migrantes que sobreviven con changas y de un día para otro quedan en la calle.

Y, sin embargo, pareciera que esas vidas importan menos que las guerras culturales que alimentan los algoritmos.

Por eso creo que el problema de fondo no es solamente el avance de la ultraderecha. También es la fragmentación que el capitalismo produce entre quienes deberían reconocerse como aliados. Nos empuja a competir entre nosotros, a pensar la política como una suma de experiencias individuales y a olvidar que las opresiones tienen una raíz material común.

Marx escribió que "la esencia humana no es algo abstracto e inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales". Esa idea sigue siendo profundamente actual. Nadie se emancipa en soledad. Nuestra libertad depende de las relaciones que construimos con los demás y de la capacidad colectiva para transformar las condiciones materiales que producen explotación, discriminación y exclusión.

Desde esa perspectiva, la lucha LGBTIQ+ no puede limitarse al reconocimiento de identidades ni a la representación institucional. Si el capitalismo necesita dividir a la clase trabajadora para sostener su dominación, las identidades también pueden ser incorporadas al mercado y al poder sin cuestionar las bases de esa dominación. Peter Thiel es quizás el ejemplo más acabado: un hombre gay que forma parte de la élite económica mundial y financia proyectos profundamente reaccionarios. Su orientación sexual no entra en contradicción con la defensa de un sistema basado en la explotación y la desigualdad.

La tradición socialista siempre sostuvo que la emancipación de los sectores oprimidos sólo puede realizarse como parte de un proceso de liberación colectiva. No porque las opresiones específicas sean secundarias, sino porque encuentran su reproducción en un orden social que necesita jerarquías, discriminación y violencia para garantizar la acumulación de riqueza. La pelea contra el odio a la diversidad, el racismo, el machismo o la xenofobia no compite con la lucha de clases: forma parte de ella.

Fuente y foto:

https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/puto-facho-otro/

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