¿Maquiavelo ha muerto o Milei quiso decir Kant?

Por Oscar Mangione
Hace tiempo que vengo afirmando que esta gente que está a cargo de conducir nuestro país y algunos mandatarios a los que Milei adhiere incondicionalmente, no nos interpelan desde la política sino desde la ética. Nada mejor que el discurso de Milei en Davos para justificar mi afirmación.
Discurso: "¿Ha muerto Maquiavelo, o ha vuelto con otro disfraz?
Hablemos de una frase de Milei que seguramente hoy ha dado la vuelta al mundo: "Maquiavelo ha muerto". Fue pronunciada aquí mismo, en el Foro de Davos, por el presidente argentino Javier Milei. Con ella, quiso anunciar el fin de una vieja idea: la de que en política hay que elegir entre ser eficientes o ser justos. Para él, ese es un "falso dilema". Su propuesta es distinta: "lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto". Justicia y eficiencia, dice, son dos caras de la misma moneda.
Suena bien, ¿verdad? Suena a que, por fin, podemos tener las dos cosas juntas. Pero quiero invitarlos a pensar un poco más allá de las palabras. Porque cuando uno escucha con atención, surge una pregunta incómoda: ¿no estaremos, en realidad, ante un Maquiavelo renovado?
Les explico por qué.
Maquiavelo, el pensador renacentista, es famoso por una idea brutal: "el fin justifica los medios". Es decir, que un gobernante puede —y a veces debe— usar medios moralmente cuestionables si con ello logra un buen resultado para el Estado. En esa visión, la ética y la eficacia política están en conflicto, y la eficacia gana.
Ahora en la frase: "lo justo tiene que ser eficiente". Fíjense en el "tiene que". Eso no es solo una descripción, es una condición. Es decir, se está estableciendo que la justicia, para ser válida, debe primero probar que es eficiente. La eficiencia se convierte en el juez que decide qué es justo y qué no.
Aquí es donde quiero traer a colación a un gran filósofo, Immanuel Kant. Él enseñó algo fundamental: para que un acto sea verdaderamente moral, debe hacerse por deber, por respeto a la ley moral que llevamos dentro, y no por la recompensa o el beneficio que pueda traernos. Según Kant, la verdadera ética implica, en cierto modo, una renuncia. Renunciar a actuar solo porque nos conviene, renunciar a poner un precio a nuestra conciencia. El valor moral está en la intención pura de hacer el bien, no en el resultado útil que obtengamos.
Pensemos entonces en esta luz. Cuando se afirma que "lo justo tiene que ser eficiente", se está haciendo exactamente lo contrario a lo que pedía Kant: se está atando el valor de la justicia a una recompensa, a un resultado provechoso llamado "eficiencia". Se le pone un precio. Y lo que tiene precio, decía otro gran filósofo, pierde su dignidad.
Y aquí viene la gran pregunta, la que siempre queda sin responder: ¿eficiente para quién? ¿Para el conjunto de la sociedad, para el que más tiene, para las cifras macroeconómicas? Cuando no se define esto, la "eficiencia" se vuelve un concepto vacío que puede llenarse con cualquier contenido. Y lo que es "eficiente" para un grupo pequeño, puede ser profundamente injusto para la mayoría.
Al final, el mecanismo es el mismo que el de Maquiavelo, pero con el lenguaje cambiado. En lugar de decir "el fin (eficiente) justifica los medios (injustos)", se dice "solo lo que es eficiente puede ser considerado justo". En ambos casos, la brújula deja de ser un principio ético inquebrantable —como la dignidad, la igualdad o el deber puro que describía Kant— y pasa a ser un cálculo de resultados y recompensas.
Por eso, cuando escucho "Maquiavelo ha muerto", no puedo evitar pensar que en realidad lo que ha muerto es solo la caricatura más burda de su pensamiento. La esencia, la de subordinar el valor de nuestras acciones a un resultado práctico, sigue más viva que nunca, ahora disfrazada de lenguaje técnico, económico y de una eficiencia que olvida que lo verdaderamente justo, a veces, no se mide en ganancias, sino en un deber que cumplimos sin preguntar "¿y esto para qué sirve?"
No nos equivoquemos. Una sociedad que solo valora lo "eficiente" —sin debatir primero para qué y para quién— puede construir autopistas rápidas, pero no construye un país justo. Puede generar riqueza concentrada, pero no bienestar compartido.
La verdadera superación de Maquiavelo no viene de declarar su muerte, sino de reafirmar con fuerza que hay principios que están por encima de cualquier cálculo. Que la justicia, la libertad y la dignidad humana son fines en sí mismos, no instrumentos al servicio de una eficiencia que nunca termina de definirse. Son, como diría Kant, un imperativo categórico: algo que debemos hacer, simplemente porque es lo correcto.
Fuente:
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