Otro folletín: Igualdad II

Antes de que la Ilustración hiciera de la igualdad una de sus divisas, el pensamiento indígena americano ya cuestionaba la propiedad privada como fuente de desigualdad y dominación. Frente a la concentración de la propiedad y del poder, la igualdad comunal reaparece como una apoyatura posible de una alternativa política: transformar las condiciones de vida, desarmar las jerarquías y que las mayorías vuelvan a tener su destino en las manos.
Por Rocco Carbone
(para La Tecl@ Eñe)
Los wyandot son una nación indígena americana, también conocida como hurones. Vivía en la zona de los grandes lagos entre Estados Unidos y Canadá. Son cinco lagos: Superior, Michigan, Huron, Erie, Ontario. En el siglo XVII esa nación tuvo un estadista destacado: el palabrero Kondiaronk. El nombre significa «rata almizclera» y los franceses que lo trataron en ese entonces solían llamarlo Le Rat (la rata). Es probable que haya viajado a Francia, a la corte de Luis XIV, en 1691. Existe un libro de 1703 que se llama «Diálogos curiosos entre el autor y un salvaje de buen criterio que ha viajado». Su autor es Lahontan, un aristócrata francés empobrecido, cuyo nombre completo es Louis-Armand de Lom d'Arce, barón de la Hontan. De todo esto se habla con mucha precisión en un libro fabuloso que se titula «El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad», escrito por un antropólogo y un arqueólogo: David Graeber / David Wengrow. En uno de esos diálogos sobre el sistema social francés, Kondianronk organiza una critica indígena a la sociedad europea y especialmente a la propiedad privada. Invoca la categoría de igualdad como un ideal de convivencia y también como consecuencia de una confrontación prolongada entre las instituciones y los valores europeos y americanos. Kondiaronk dice que la propiedad privada es fuente de desigualdad y se refiere así a Lahontan: «Si abandonaran las distinciones entre mío y tuyo, sí, tales distinciones entre los hombres desaparecerían; una igualdad niveladora tomaría su lugar entre ustedes como ahora la tiene entre los wyandot. Y sí, durante los primeros treinta años, tras la prohibición del interés propio, no cabe duda de que presenciarían cierta desolación, puesto que aquellos que solo supiesen comer, beber, dormir y disfrutar languidecerían y morirían. Pero sus hijos estarían preparados para nuestro modo de vida. Una y otra vez he hablado de las cualidades que nosotros los wyandot creemos que definen la humanidad -sabiduría, razón, igualdad, etc.- y demostrado que la existencia de intereses material separados niega totalmente esas cualidades. Un hombre motivado por interés no puede ser un hombre de razón» («El amanecer de todo», pp. 75-76). Los diálogos de Lahontan se difundieron en la filosofía europea de comienzo del siglo XVIII porque, entre otras razones[1], se estableció en la corte de los Hannover, que también era la base de operaciones de Gottfried Wilhelm Leibniz.
La crítica indígena a la sociedad francesa se refrenda en el «Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres» (1755) de Rousseau, que antes de ensayista había sido aspirante a compositor musical devenido luego una figura más o menos central en la formación de la izquierda como proyecto intelectual y la gran figura de la Ilustración francesa. En él, Rousseau subraya la cuestión de la desigualdad relacionada con la propiedad privada como raíz del problema y las violencias que ésta significó para la humanidad. Tanto para Kondiaronk como para Rousseau produce criaturas atroces, sin generosidad ni amabilidad: «El primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir 'Esto es mío' y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: '¡Guárdense de escuchar a este impostor; están perdidos si olvidan que los frutos son de todos y la tierra de nadie!'» (p. 109).
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Mientras exista el capitalismo, y sus contradicciones, y por lo tanto la necesidad de una crítica y de una alternativa política, la igualdad seguirá pulsando en el horizonte de nuestra época. En esta antigua virtud late una de las tantas chispas de la revolución, que quiere decir hacer trastabillar -desvestirse de- todas las ideas imperantes en la vida capitalista. "La revolución no se debe imaginar como un acto único […] sino como una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con períodos de calma más o menos profunda" (Lenin, «¿Qué hacer?», p. 279). El objetivo de la revolución consiste en la transformación radical de las condiciones de vida de toda la humanidad. Y más aún que eso: de la transformación radical de la complejidad de lo viviente. La igualdad es uno de sus tantos emergentes.
Un pueblo igualitario es aquel que limita la concentración abrumadora de la gran propiedad privada en pocas manos, que declina su sacralización, que restringe la riqueza derivada del acceso y el control de los recursos materiales y su traducción automática en poder de obligar a otrxs a hacer cosas en contra de su voluntad. Un pueblo igualitario es aquel que impide -en definitiva- el expansionismo de poder de esas minorías que banalmente se llaman elites, y que en verdad se transforma en poder sobre lxs demás, que somos lxs más, pues ninguna voluntad (de clase, trabajadora) debería verse subordinada a otra. Un pueblo igualitario es el que distribuye la riqueza, que es creación común, para garantizar la dignidad general, que incluso podemos llamar prosperidad. Un pueblo igualitario es el que achata sus jerarquías sociales y políticas: «Los pueblos igualitarios son aquellos que carecen de príncipes, jueces, capataces o sacerdotes hereditarios» («El amanecer de todo», p. 98), y ahora de burguesías cipayas y aristocracias tecnofinancieras. Porque las grandes mayorías configuradas por la clase trabajadora en las sociedades contemporáneas somos desigualmente vulnerables ante estos «dioses». Los pueblos igualitarios «son sociedades de iguales tan solo en el sentido de que carecen de la mayoría de los objetos de desigualdad» («El amanecer de todo», p. 98).
Un reducidísimo porcentaje de la sociedad argentina -y de las sociedades del Occidente cristiano- controla los destinos de lxs demás: de las grandes mayorías de clase trabajadora. Y, lo que es peor, es que lo hace de un modo cada vez más desastroso. Es momento de reconectar con la idea de igualdad comunal, origen de la prosperidad de las mayorías que supo habitar el continente americano mucho antes de la llegada de los europeos. Que habló por boca de Kondiaronk y encendió el debate que luego la Ilustración traficaría como propio. Otra invisibilización más para sumar a la lista extractivista del Occidente cristiano.
Referencias:
[1] También porque los relatos del Nuevo Mundo eran bestsellers en la época, que generaban muchísimo interés y debate en el público europeo, al punto de que algunos escritores inventaban indígenas apócrifos para poner en boca de ellos las críticas que tenían de su propia sociedad.
Fuente:
