Peter Thiel: un fantasma en el paraíso

09.07.2026

Pablo Alabarces sostiene que el desembarco de Peter Thiel en la Argentina no es el resultado de un impulso místico ni de la mera fascinación por la retórica de Javier Milei, sino que responde a un cálculo geopolítico sobre las condiciones materiales excepcionales que hoy ofrece la Argentina, que transforman al país en la vanguardia experimental de un capitalismo tecnológico radicalizado.

Por Pablo Alabarces - Sociólogo y ensayista. Inestigador en CONICET. Profesor Titular Plenario de la UBA. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales-UBA.


1.

La llegada de Javier Milei al poder en Argentina no sólo alteró el mapa político local, sino que convirtió al país en un laboratorio de la ultraderecha global y el capital tecnológico. En el centro de esta convergencia se encuentra Peter Thiel, el billonario cofundador de PayPal y Palantir, que vive en Buenos Aires desde hace unos meses. Alguna prensa estadounidense, y algunas intervenciones en las redes sociales, afirman que se trata de una nueva huida de nazis derrotados a Sudamérica. Pero es muy probable que no se trate de nazis, ni mucho menos de derrotados.

2.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, muchos criminales nazis escaparon a Sudamérica. En muchos casos, lo hicieron con apoyo encubierto de los gobiernos locales (ninguno, por supuesto, lo hizo público: los nazis tenían muy mala prensa en la posguerra). Entre ellos, el gobierno de Juan Perón (1946-1955) intentó captar científicos alemanes, como lo hicieron los Estados Unidos con Wernher von Braun. El intento de Perón fue un fiasco: Ronald Richter no era ni demasiado nazi ni demasiado científico, aunque consiguió que Perón financiara por varios años un proyecto de producción de energía por medio de fusión de isótopos de hidrógeno, que luego se reveló como un mero engaño.

Seguramente es por ello que una reciente nota en The Nation (el 3 de junio) comienza poniendo en relación el viaje de Peter Thiel a la Argentina con el de los criminales nazis, aunque Thiel no sea nazi, exactamente. David Futrelle, en esa nota, también bromea con la huida del famoso ladrón de trenes inglés Ronnie Biggs, en 1964, a Brasil. Pero Thiel tampoco es un ladrón de trenes, sino un billonario nacido en Alemania, nacionalizado americano y luego neozelandés, que podría transformarse en argentino y, por las dudas, también compró terrenos en Uruguay. El rasgo más notorio sería, entonces, su ubicuidad. Futrelle avanza en una dirección que también había señalado el New York Times unos días antes, el 28 de mayo: Thiel estaría trasladando su residencia por miedo a que una derrota republicana modifique las tasas de impuestos a los billonarios en Estados Unidos y eso lo obligue a pagar más impuestos. El texto de The Nation también agrega un dato que yo desconocía: la existencia de un Sistema de Alerta Temprana contra el Apocalipsis (Apocalypse Early Warning System https://ews.kylemcdonald.net/), que mide la cantidad de jets privados volando en un momento determinado, en la hipótesis de que, en caso de un apocalipsis nuclear, todos los billonarios saldrían a volar en sus aviones para escapar de una muerte segura. Hacia Sudamérica, por supuesto.

Por suerte, el índice de emergencia está en 1 sobre 5. Quizás no se trate de ningún temor, sino sólo de un proyecto político-económico.

3.

Mucho más acertada es la descripción que hace la economista italiana Francesca Bria en La Vanguardia, de España, el 2 de noviembre de 2025 (https://www.lavanguardia.com/internacional/20251102/11220880/golpe-tecnoautoritarios-america-postdemocratica-europa-viene.html). No hay nazis ni ladrones de bancos en su análisis, y tampoco billonarios volando al paraíso. Lo que hay, y es mucho peor, es la construcción de un complejo tecnológico autoritario, consistente en una infraestructura planetaria de vigilancia de la que los recientes contratos de Palantir con el Departamento de Defensa de Estados Unidos son una buena muestra. Para Bria, esos contratos –y la propia figura de Thiel– no son fenómenos aislados, sino un proyecto global: la derecha tecnológica autoritaria de Silicon Valley, dice Bria, no teoriza sobre un nuevo mundo, sino que ya lo está construyendo. Ese mundo ha heredado la democracia apenas como una interfaz, que puede y debe ser modificada: se la mantiene por razones de estabilidad y para fingir continuidad, pero está siendo vaciada y reemplazada. La autoridad política ejercida a través de instituciones democráticas cede al control técnico ejercido por agentes privados.

Bria ve estos fenómenos no sólo en Estados Unidos, donde los contratos de Palantir han depositado en sus manos, directamente, el control digital de la guerra. En Europa, al mismo tiempo que las instituciones de Bruselas debaten sobre el control digital o sobre el uso de las redes sociales por los jóvenes, los gobiernos transfieren a Palantir el control de funciones gubernamentales centrales –por ejemplo, el del NHS británico, por lo que Thiel tiene el dominio de las historias clínicas de todos los ciudadanos británicos–. Afirma Bria: «Las infraestructuras críticas del Estado están siendo reemplazadas y reinstaladas en cinco dominios estratégicos –información de la población, suministro monetario, defensa, comunicaciones orbitales y energía– que constituyen los fundamentos mismos del control democrático».

En resumen: Thiel y Palantir controlan, nada más y nada menos, el sistema operativo de las grandes potencias occidentales. Las preocupaciones por la organización algorítmica de los consumos culturales o de la propaganda política parecen, a esta altura, una mera fantasía infantil.

No se trata de criminales en fuga ni de turismo, claro que no.

4.

El desembarco de Peter Thiel en la Argentina no es tampoco el resultado de un impulso místico ni de la mera fascinación por la retórica de Javier Milei; es una operación logística coordinada por una red de intermediarios, asesores y think tanks de la ultraderecha transnacional. Detrás de los saludos protocolares y las fotos oficiales en la Casa Rosada, funciona una infraestructura de mediación que une de forma directa a Silicon Valley con Buenos Aires. Además, el verdadero interés de este entramado supera los alineamientos ideológicos: responde a un cálculo geopolítico sobre las condiciones materiales excepcionales que hoy ofrece la Argentina, transformando al país en la vanguardia experimental de un capitalismo tecnológico radicalizado. Para la mirada extractiva de Thiel y sus socios, el territorio argentino ha ingresado en el radar global como un laboratorio de bajo costo y alta disponibilidad de recursos críticos.

En primer lugar, el país presenta una confluencia única de energía barata e infraestructura en desarrollo. El despliegue de la explotación petrolera de fracking en Vaca Muerta y el potencial de generación energética a gran escala, se ofrecen hoy como el combustible ideal para la industria más codiciosa de la era digital: la computación de alta intensidad. Los centros de datos globales, pilares de la inteligencia artificial y el procesamiento masivo de información de firmas como Palantir, requieren un suministro energético masivo, continuo y, sobre todo, desregulado. Argentina pone sobre la mesa esa matriz energética a precios de liquidación, sumada a una reserva estratégica de recursos naturales no renovables como el litio y los minerales raros, indispensables para la infraestructura del hardware global. El Sur Global ya no es visto aquí meramente como un proveedor de materias primas tradicionales, sino como la base material, energética y espacial que sostiene el almacenamiento de la nube del Norte global.

El factor definitivo que sutura este mapa es la existencia de una administración local no solo receptiva, sino militantemente dispuesta a desmantelar cualquier control o regulación. En la filosofía que Thiel promueve, la democracia tradicional es vista como un obstáculo burocrático que asfixia la innovación; el ideal es un Estado gestionado como una corporación privada, sin sindicatos, sin regulaciones ambientales y sin interferencias fiscales. Bajo el experimento libertario de Milei, Argentina se ofrece como esa posibilidad. La derogación de normativas, la flexibilización de contratos y la apertura irrestricta a la inversión extranjera actúan como las garantías institucionales de un ensayo extremo. El país deja de comportarse como un Estado soberano para ofrecerse como una zona franca total, un espacio de pruebas donde testear las utopías de Silicon Valley –desde el espionaje predictivo estatal hasta las primeras aproximaciones a las startup cities privatizadas– con un costo político y social nulo para los inversores.

5.

La actividad social de Thiel es intensa. Se reunió con el presidente Milei y su Ministro de Relaciones Exteriores, Pablo Quirno; luego con Luis Caputo, ministro de Economía, acompañado por su viceministro, José Luis Daza, y Santiago Bausili, el presidente del Banco Central. En su mansión organizó una reunión social con miembros de las elites económicas locales, con los que debatió acerca de su obsesión religiosa con el Anticristo, calificativo que incluye al actual Papa León XIV.

La última sorpresa que Thiel ofreció a la prensa argentina fue una reunión privada con uno de los referentes de la izquierda del peronismo, el diputado Juan Grabois, con el que habría conversado –es apenas una conjetura, porque ninguno de los participantes hizo declaraciones– sobre la reciente encíclica del Papa León XIII (Magnifica Humanitas), en la que justamnete cuestiona los avances de los controles digitales y la dependencia de las inteligencias artificiales. Grabois es tan izquierdista como católico, estrecho amigo del fallecido Papa Francisco, y concurrió a la mansión de Thiel invitado por éste. La izquierda marxista argentina, por supuesto, sostuvo que Grabois era antes peronista y católico que izquierdista, y que estaba proveyendo de una «cobertura humanista» a la ultraderecha. Lo más probable es que ambos, tanto Thiel como Grabois, estén convencidos de que son intelectuales importantes destinados a producir debates inolvidables al estilo del de Sartre con Camus o el de Chomsky con Foucault, aunque hasta ahora ninguno de los dos haya producido ningún texto de alguna envergadura o relevancia. Quizás estén más cerca de los debates entre Elon Musk y Mark Zuckerberg, amenazando con pelear adentro de una jaula de Las Vegas.

6.

El 4 de junio Milei publicó una extensa nota en el Financial Times, firmada junto a su Ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, en la que proclamaba a la Argentina como «el territorio más desregulado del mundo» e invitaba a radicar empresas teconológicas, incluso aquellas que no fueran organizadas por seres humanos sino por IA, para lo que envió al Parlamento un proyecto de modificación de la Ley que regula las sociedades comerciales. El proyecto de ley define la Sociedad Automatizada como aquella que «desarrolla su objeto social mediante sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial, sin requerir trabajadores en relación de dependencia ni recursos humanos para su operación ordinaria». En términos concretos, como explicó Mauricio Caminos en elDiario.Ar (https://www.eldiarioar.com/economia/gobierno-oficializa-reforma-societaria-habilita-haya-empresas-manejadas-algoritmos-personas_1_13266461.html), «un algoritmo que ofrece un servicio o producto de forma autónoma puede constituirse como empresa, negociar con terceros y limitar su responsabilidad al patrimonio societario. Un robot con personería jurídica».

Posiblemente, lo peor del texto de Milei y Sturzenegger es que invocan como argumento el antecedente de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, de 1602, que colonizó la actual Indonesia siendo una «compañía sin Estado». Para estos intelectuales de fuste, la relación de la Compañía con el colonialismo y la esclavitud de millones de seres humanos no parece ser un contra-argumento.

Como bien señala Chris Lehman en The Nation (https://www.thenation.com/article/society/peter-thiel-dialog-leak-wired/), los actores de estos debates presuntamente intelectuales «comparten una visión del mundo subyacente que combina una suprema autoestima con episodios de paranoia depredadora». Entre el apocalipsis y el anticristo de Peter Thiel o «Teoría del Caos» (Caos Theory) de Robert P. Murphy –un panfleto que Milei repartió a todos sus ministros el 25 de mayo pasado exigiendo su lectura– no se mueven argumentos sofisticados, sino sólo narcisismos descomunales y un fenomenal instinto depredador. El problema es exactamente ése: el carácter depredador de un ultra capitalismo profunda y deliberadamente antidemocrático que, como dice Francesca Bria, «a diferencia del autoritarismo tradicional, que depende de la movilización masiva y de la violencia estatal, [este sistema] opera mediante infraestructura tecnológica y coordinación financiera, haciendo que la resistencia no sólo parezca difícil, sino arquitectónicamente obsoleta».

La Argentina de Milei no sería, entonces, un refugio para evasores de impuestos ni un paraíso alejado de la guerra nuclear. Es, muy posiblemente, un simple campo de pruebas donde desplegar el verdadero apocalipsis.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/peter-thiel-un-fantasma-en-el-paraiso-por-pablo-alabarces/

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