Presente

10.09.2026
Ilustración: Marcos López
Ilustración: Marcos López

El presente y nada más, porque sólo se vive una vez. Una granada simbólica que pone en tensión la relación de los sujetos con el presente, porque cada generación vive ese presente como si toda la historia confluyese en él. También, un tiempo político, algo irreflexivo, que dejó atrás la idea de transformación para acomodarse a la de gobernabilidad de las sociedades.

Por Conrado Yasenza - Periodista. Docente en la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV).

(para La Tecl@ Eñe)

El presente, el presente y nada más. Una granada simbólica. La relación de los sujetos con el presente siempre es ambigua, conflictiva; cada generación vive ese presente como si toda la historia confluyese en él. El novedoso y auroral espacio, que contiene como efectos adversos el desvanecimiento de todo proceso histórico. Y de no ocurrir este desacople en la cita con el tiempo, también es dificultoso discernir con claridad qué ocurre en ese presente cuando está aconteciendo. Nada de aquel mantra que usábamos para pensar las crisis, las graves crisis del país, en todos los órdenes – sociales, económicos, políticos y culturales -. Sobre la larga historia de fallas y colapsos – también, políticos, económicos, culturales y sociales – es que se gestan las transformaciones o el infortunio. Todo me demuestra que al final de cuentas/Termino cada día, empiezo cada día/Creyendo en mañana, fracaso hoy, cantaban los Vox Dei en nuestros primaverales y confusos años '70. Creencia y fracaso, con antecedentes que parecen fantasmas – siempre se piensa junto a un fantasma -. Advertencias mal escuchadas, o por lo menos atendidas con liviandad. El eje Norteamérica-Reino Unido produjo el renacer del pensamiento de las derechas culturales y políticas, que ya para entonces eran portadoras de nuevos bríos impulsados por novedosas formas de propaganda y publicidad política. Aquí, en nuestra tierra, el menemismo encarnó la primera ola de ese renacimiento conservador con slogans gancheros y engañosos; el «Síganme, no los voy a defraudar», que trocó mata de pelo y patilla ingobernable por divina televisión führer y tinelización de la política. Artificios, pero efectivos. Hay que decir, es justo, que el Estado ya estaba caduco y que esa Argentina del fracaso alfonsinista – «una salida hacia la libertad y hacia la vida» – no daba para más.

El presente y nada más, porque sólo se vive una vez. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya. Después, la vida se transformó en un maxikiosco 24 horas, hasta fundir biela. Toda esa perorata de la democracia keynesiana, de la economía social y del Estado protector, al desván de los objetos inútiles. Viva el liberalismo de mercado, el momento más exitoso de la historia capitalista envilecido por las políticas del Estado social. El antecedente pericial estuvo a la vista, pero jueces y secretarios anduvieron distraídos. Se vino nomás la tercera revolución productiva. Y hoy, la cuarta, encarnada por las high tech y los nuevos depredadores que alertan sobre el fin de la humanidad – mal remedo del fin de la Historia en versión privilegios para unos pocos trimillonarios –, que están dispuestos a viajar al espacio exterior no sin antes exterminar a aquellos replicantes que hayan visto los Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Un nuevo pacto Hobbes, sin Hobbes y sin la posibilidad de alejarnos de la destrucción y el odio. Hicieron falta tres gobiernos fallidos para que del desaliento surgiera nuestro niño fractura. Y de esas fallas de sistema al monstruo cotidiano, el nuevo tipo de sujeto único, el outsider total, que es presente, pero que puede cristalizar en futuro. En eso andamos: es vencido y vive de conferencias, o se entroniza en el poder como el nuevo administrador de las factorías del petróleo y los minerales exportables del país. «El mundo está mirando a Argentina, y le gusta lo que ve», dijo el embajador de los EE. UU. en Argentina, Peter Lamelas. Informaciones abundan, y oscilan entre la reafirmación del rumbo (el trabajo está hecho: «libertad económica, menos regulaciones, más transparencia y un sector privado fuerte», en palabras de Lamelas) y el «boleto picado» al bufón, ahora malvinero, que depende mucho del noviembre norteamericano.

Y así estamos, habitando este presente que desorienta. Entre las nuevas canciones que no decantan en discurso y propuestas directas, dichas con simplicidad, y una expresidenta injustamente condenada que no puede salir de la melancolía de sufrir de amor, mientras en las calles se padece la desolación, el hambre, la ussura y la muerte. Como dice Pablo Semán, «con este gobierno la oposición gana, pero con esta oposición el gobierno gana, y está todo en esa indefinición de forma permanente».

La prole de la República – ¿podemos decir el pueblo? – los mira de reojo,​ los conoce desde hace más de cien años. Fueron, alguna vez, los hijos de la felicidad. Hoy son la cría de la miseria y del olvido, del neoliberalismo y el tecnocapitalismo. Hijos de las peores injusticias, de la imposibilidad absoluta de una vida digna.

Nunca se sabe si de allí sólo brota el desasosiego, o si surge la bronca, el estallido.

Nunca se sabe.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/presente-por-conrado-yasenza/

Share