¿Qué derechos estamos dispuestos a respetar?

Por Flor de la V
Lamentablemente, los comentarios y actos transfóbicos siguen siendo moneda corriente en medios de comunicación. Son tantos y se repiten con tanta frecuencia que entiendo perfectamente que a la gente le resulte muy difícil estar al día con todos. Por eso, para quienes se perdieron el último episodio, los pongo en contexto: mientras Agustín Laje hablaba al aire en una entrevista en el programa de Esteban Trebucq en La Nación +, se refirió a mí usando la frase "no digo que sea el caso de él".
Esto desató una inmediata corrección por parte de la periodista Fernanda Iglesias y del propio conductor del ciclo, pero Agustín insistió. ¡Hasta pidió que lo denunciara! Se ve que estaba necesitando desesperadamente correr el arco de la otra discusión y busca el protagonismo que da una carta documento, pero lamento informarle que no le voy a dar el gusto.
Hay algo de este episodio que me preocupa mucho más que los dichos de Laje. Algo que trasciende mi identidad, mi historia personal e incluso las diferencias ideológicas que podamos tener. Es una pregunta que me gustaría hacerle públicamente.
Señor Laje, para usted, que utiliza argumentos jurídicos para hablar de Cristina Fernández de Kirchner y de tantas otras cuestiones de la política argentina, ¿algunas leyes se respetan y otras no? Por su actitud, entiendo que si se trata de la Ley de Identidad de Género, cada uno puede omitir su cumplimiento de acuerdo con su ajustada o ampliada visión del mundo.
Obviamente usted sabe que en Argentina se sancionó democráticamente en 2012 la ley 26.743, la cual me reconoce mi identidad y establece mi derecho a recibir un trato digno. No es una opinión mía: es legislación vigente. ¿Acaso un marco jurídico solamente merece respeto cuando coincide con sus convicciones?
Imaginemos, por un momento, que cada ciudadano pudiera elegir qué leyes acatar según sus creencias y conveniencias personales. Que alguien decidiera pasar los semáforos en rojo porque considera que restringen su libertad. Que un empleador se negara a respetar los derechos laborales porque no comparte el espíritu de la norma. O que una persona decidiera desconocer una sentencia judicial simplemente por no estar de acuerdo. ¿Qué clase de sociedad construiríamos?
Por supuesto que cuestionar una normativa, proponer su modificación o discutir un fallo son actos propios de la democracia. Otra cosa muy distinta es pretender que nuestras posturas individuales estén por encima de los derechos que el ordenamiento jurídico legal reconoce en los demás.
Durante el intercambio televisivo, Laje apeló a la "libertad de conciencia" para justificar su actitud. Pero ¿dónde termina esa libertad individual y dónde comienza el derecho del otrx a ser reconocidx y tratadx dignamente? Una ley como esta, que marca un límite de lo que constituye una agresión, es independiente de lo que dicte la conciencia de nadie. Justamente, se crea para que ninguna persona use ese argumento falaz para discriminar, herir y generar odio hacia gente como yo.
La libertad de expresión es un derecho fundamental. El reconocimiento de la identidad de género, también. Una sociedad democrática debería garantizar ambos. (Aunque tengo mis dudas sobre cuánto valora la democracia este señor).
De cualquier modo, no pretendo que comparta mi modo de ver el mundo ni necesito su aprobación para ser quien soy. Lo que me interesa es algo mucho más importante: que debatamos qué significa respetar a quienes piensan, sienten o viven de una manera diferente a la nuestra.
Porque mañana la discusión puede ser sobre otra ley, otra garantía y otra persona. Y entonces, ¿quién decide qué derechos merecen ser respetados y cuáles pueden quedar sometidos a nuestras preferencias personales? Una democracia no puede funcionar como un restaurante donde cada comensal elige del menú los artículos que le gustan y devuelve a la cocina los que le resultan incómodos.
Mi identidad no está sometida a votación, ni depende de las convicciones de un comentarista político. Es parte de mi vida y amparada por el Estado argentino.
Las leyes pueden debatirse, cuestionarse y modificarse a través de los mecanismos democráticos correspondientes. Lo que no podemos hacer es convertir nuestros desacuerdos ideológicos en una excusa para vulnerar a otras personas. Porque los derechos humanos no deberían depender de la simpatía que nos despierta quien los ejerce.
Y esa es una discusión bastante más importante que mi nombre o los pronombres que use.
Hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de los debates políticos públicos en la Argentina de los últimos tres años: es la extraordinaria capacidad que tienen algunos para cambiar el arco de lo que venía cuestionándose. Se empieza hablando de una cosa y se termina discutiendo absolutamente de otra. Poco se argumenta sobre lo verdaderamente importante
Y mientras conversan sobre mí y mis elecciones personales: ¿qué pasó con aquella pregunta inicial? ¿Alguien se acuerda? Convertir mi identidad y el derecho a ser respetada en el centro de la discusión no responde a ninguno de mis planteos.
¿Vamos a discutir lo que pregunté o vamos a seguir hablando de quién soy?
Fuente:
https://www.pagina12.com.ar/2026/09/27/que-derechos-estamos-dispuestos-a-respetar/
