¿Unir las luchas? Hacia una política del compostaje

15.04.2026

Por Alejandra Nina Rodríguez - Activista integrante del Colectivo YoNoFui, el Comité de Revolución Imaginaria (CRI) y la Columna Mostri.


La autora de la nota afirma que la urgencia de "unir las luchas" desde las militancias, puede funcionar como un velo que oculte las grietas y un modo de postergar lo que incomoda. Alejandra Nina Rodíguez sostiene que oxigenar los procesos implica abrir las estructuras cerradas para que circule el aire de la crítica.

Sostenemos el deseo de una existencia otra, pero permanecemos en una inercia que cede al Estado y a su dispositivo penal-policial la gestión de nuestros conflictos, transformando la potencia del conflicto en una dinámica de tutelaje que tiene el castigo como única respuesta. Esta delegación no sólo expropia el conflicto, sino que nos deja inermes al clausurar/castigar cualquier potencia de resolución comunitaria.

Mientras el Estado reclama para sí el monopolio de lo público como gestión institucional, nuestras trayectorias insisten en producir lo público como vivencia compartida y situada. Desde hace tiempo, múltiples experiencias venimos fermentando prácticas que no nacen de la espera ni de la concesión. No aguardamos una articulación externa ni un «empoderamiento» dictado desde las oficinas públicas. Nuestra potencia no es un derivado del vínculo con el aparato estatal; no necesitamos que una política de «inclusión» valide nuestra existencia para reconocernos como sujetos políticos. Esta postura no se traduce en un antiestatismo ciego o abstracto. Reconocemos la dimensión material de la política pública: entendemos la diferencia vital que supone el acceso a la salud en un hospital público o contar con una asignación familiar. Sabemos que, bajo las reglas del capital, la ausencia de estas políticas arroja a cuerpos y territorios a una precariedad aún más voraz. Sin embargo, en el corazón de nuestras organizaciones, este plano coexiste con otro: la insistencia en la autonomía. Construimos desde una posición que, si bien reconoce la interdependencia con el Estado, se niega a ser absorbida por él. Nos resistimos a ceder a la soberanía estatal la facultad de definir qué es lo público. Lo hacemos porque nuestras prácticas ya están prefigurando lo público como un tejido de afectos, cuidados y experiencias comunes. Estos lazos son, por definición, irreductibles a la lógica del control punitivo y a la métrica de la eficiencia institucional. Nuestra política no busca ser «gestionada»; busca ser habitada, reinventada. Frente a lo público como propiedad del Estado, sostenemos lo público como una construcción de lo común, donde la resolución de los conflictos y la producción de vida se dan en el encuentro, sin mediaciones que nos expropien de nuestra potencia ni dispositivos que nos silencien.

La urgencia de "unir las luchas" puede funcionar como un velo que oculte las grietas y un modo de postergar lo que nos incomoda. Sin embargo, componernos desde nuestras diferencias intentando un común sólo será posible en la conversación honesta sobre aquello que nos duele y nos separa. Vociferar unidad sin discutir lo que nos incomoda: el racismo, el despojo extractivista, el punitivismo, los supremacismos y las jerarquías que sostenemos al interior de las militancias, es un ejercicio estéril. ¿Cómo hacer del diálogo y la escucha un fundamento ético allí donde las distancias son más profundas? No queremos una unión uniforme; queremos que nuestras diferencias hablen. Quizás el camino sea "contaminarnos" del otrx, despejar el ruido de las consignas y estar dispuestos a mover los cimientos de nuestras militancias. Asumir este camino implica habitar la vulnerabilidad de las rajaduras y los desmoronamientos. Solo en el quiebre de lo que creíamos sólido pueden emerger otros modos de hacer: sensibilidades políticas que nazcan de una escucha radical, de la redistribución de las voces históricamente legitimadas y de la construcción de liderazgos desjerarquizados.

Tal vez de eso se trate la política del compostaje: de volcar nuestros activismos a la tierra, permitiendo que la diferencia actúe como un organismo vivo que transforme los residuos de nuestras viejas prácticas. Crear, habitar y reconocer esas ecologías políticas nos desafía a cultivar una mayor sensibilidad hacia todas las fuerzas materiales – orgánicas e inorgánicas -que nos atraviesan y nos rodean (cuerpos, afectos, vegetales, animales, objetos, flujos de energía, tecnologías). Se trata de ensayar lo que Jane Bennett denomina "ensamblajes vibrantes": formaciones donde la materia no es un sustrato pasivo, sino una fuerza pulsante que exige nuevas formas de escucha y contempla la diversidad de elementos que componen el mundo. Oxigenar los procesos implica abrir las estructuras cerradas para que circule el aire de la crítica, permitiendo que muera y se deshaga lo que ya no resulta, lo que nos vuelve rígidos y nos impide germinar lo común. Solo así podremos nutrir una nueva tierra donde nuestras luchas no solo sobrevivan, sino que broten con una vitalidad renovada, indómita e irreductible a las lógicas del capital.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/unir-las-luchas-hacia-una-politica-del-compostaje-por-alejandra-nina-rodriguez/

Share