¿Unir las luchas? Hacia una política del compostaje

Por Alejandra Nina Rodríguez - Activista integrante del Colectivo YoNoFui, el Comité de Revolución Imaginaria (CRI) y la Columna Mostri.
La autora de la nota afirma que la urgencia de "unir las luchas" desde las militancias, puede funcionar como un velo que oculte las grietas y un modo de postergar lo que incomoda. Alejandra Nina Rodíguez sostiene que oxigenar los procesos implica abrir las estructuras cerradas para que circule el aire de la crítica.
Desde hace un tiempo, la premisa de "unir las luchas" se escucha de modo reiterado al interior de algunas militancias. Sin embargo, se vuelve urgente reparar en esta idea, sacarla del lugar de imperativo – que parece clausurar el debate antes de iniciarlo – para asumir la ardua tarea de profundizar en su espesura política. Dos son las cuestiones a pensar/desandar respecto de este lema. En primer lugar, la exigencia de «unión» parece negar del tejido que ya está vivo y entrelazándose, desconoce las capilaridades y los lazos que, desde la diversidad, vienen componiendo una transversalidad política, estética y performativa del espacio público a la vez que dinamizando marchas multitudinarias en alianzas con otros sectores como lo han sido, por ejemplo, las dos marchas antifascistas desarrolladas en los últimos años y dinamizadas por la Columna Mostri. En segundo lugar, plantear la unidad como un automatismo, ignora el esfuerzo real que exige habitar la diferencia y la labor minuciosa de reconstruir lazos dañados. Una masa crítica con horizonte de transformación no se construye vociferando consignas livianas o demagógicas en un streaming. Tal vez no se trate de unir, sino de compostar las luchas. El compostaje es ese proceso artesanal y silencioso que ocurre en el terreno micropolítico, donde el deseo de componer desde lo que nos separa nos permite abonar un suelo común que tanto necesitamos. Menos consigna de molde y más trabajo de tierra; menos unidad uniforme y más composición vibrante. Llevar a la compostera una mirada crítica sobre el sustrato sensible, estético y político que hizo germinar el fenómeno de Milei es un ejercicio imprescindible, la trabajosa tarea de hurgar en nuestra propia tierra. En este proceso de descomposición y regeneración, la pregunta se vuelve un surco necesario: ¿qué dispositivos performativos están labrando las sensibilidades actuales y qué fibras de nuestros propios modos de vida resuenan con la frecuencia de este tiempo? No se trata solo de un evento electoral, sino de una trama de deseos y sentidos que ha encontrado en el presente un terreno fértil para echar raíces. Nos toca auscultar las resonancias de este proyecto en nuestras subjetividades: ¿qué del «sálvese quien pueda» o de la fragmentación habita nuestras prácticas políticas? Compostar este momento implica reconocer que el fenómeno no es un hongo aislado, sino el fruto de un ecosistema que debemos airear, remover y transformar desde sus cimientos más íntimos. A menudo enfocamos el pensamiento crítico contra los poderes externos que nos oprimen y perdemos de vista cómo hemos internalizado sus mecanismos. Es necesario reconocer que la opresión no sólo está afuera, sino que también estructura nuestras prácticas cotidianas y nuestras formas de percibir la realidad. Sus lógicas se han filtrado en nuestra forma de ver, sentir y relacionarnos dentro de nuestros propios espacios de militancia y activismo. ¿Qué de nuestra militancia debemos dejar morir para que su descomposición nutra nuevas formas de lo político y la política? ¿Qué elementos de nuestro activismo actual necesitan pasar por el tamiz del compostaje para que nuestras diferencias se vuelvan tierra fértil y no muros?
Sostenemos el deseo de una existencia otra, pero permanecemos en una inercia que cede al Estado y a su dispositivo penal-policial la gestión de nuestros conflictos, transformando la potencia del conflicto en una dinámica de tutelaje que tiene el castigo como única respuesta. Esta delegación no sólo expropia el conflicto, sino que nos deja inermes al clausurar/castigar cualquier potencia de resolución comunitaria.
Mientras el Estado reclama para sí el monopolio de lo público como gestión institucional, nuestras trayectorias insisten en producir lo público como vivencia compartida y situada. Desde hace tiempo, múltiples experiencias venimos fermentando prácticas que no nacen de la espera ni de la concesión. No aguardamos una articulación externa ni un «empoderamiento» dictado desde las oficinas públicas. Nuestra potencia no es un derivado del vínculo con el aparato estatal; no necesitamos que una política de «inclusión» valide nuestra existencia para reconocernos como sujetos políticos. Esta postura no se traduce en un antiestatismo ciego o abstracto. Reconocemos la dimensión material de la política pública: entendemos la diferencia vital que supone el acceso a la salud en un hospital público o contar con una asignación familiar. Sabemos que, bajo las reglas del capital, la ausencia de estas políticas arroja a cuerpos y territorios a una precariedad aún más voraz. Sin embargo, en el corazón de nuestras organizaciones, este plano coexiste con otro: la insistencia en la autonomía. Construimos desde una posición que, si bien reconoce la interdependencia con el Estado, se niega a ser absorbida por él. Nos resistimos a ceder a la soberanía estatal la facultad de definir qué es lo público. Lo hacemos porque nuestras prácticas ya están prefigurando lo público como un tejido de afectos, cuidados y experiencias comunes. Estos lazos son, por definición, irreductibles a la lógica del control punitivo y a la métrica de la eficiencia institucional. Nuestra política no busca ser «gestionada»; busca ser habitada, reinventada. Frente a lo público como propiedad del Estado, sostenemos lo público como una construcción de lo común, donde la resolución de los conflictos y la producción de vida se dan en el encuentro, sin mediaciones que nos expropien de nuestra potencia ni dispositivos que nos silencien.
La urgencia de "unir las luchas" puede funcionar como un velo que oculte las grietas y un modo de postergar lo que nos incomoda. Sin embargo, componernos desde nuestras diferencias intentando un común sólo será posible en la conversación honesta sobre aquello que nos duele y nos separa. Vociferar unidad sin discutir lo que nos incomoda: el racismo, el despojo extractivista, el punitivismo, los supremacismos y las jerarquías que sostenemos al interior de las militancias, es un ejercicio estéril. ¿Cómo hacer del diálogo y la escucha un fundamento ético allí donde las distancias son más profundas? No queremos una unión uniforme; queremos que nuestras diferencias hablen. Quizás el camino sea "contaminarnos" del otrx, despejar el ruido de las consignas y estar dispuestos a mover los cimientos de nuestras militancias. Asumir este camino implica habitar la vulnerabilidad de las rajaduras y los desmoronamientos. Solo en el quiebre de lo que creíamos sólido pueden emerger otros modos de hacer: sensibilidades políticas que nazcan de una escucha radical, de la redistribución de las voces históricamente legitimadas y de la construcción de liderazgos desjerarquizados.
Tal vez de eso se trate la política del compostaje: de volcar nuestros activismos a la tierra, permitiendo que la diferencia actúe como un organismo vivo que transforme los residuos de nuestras viejas prácticas. Crear, habitar y reconocer esas ecologías políticas nos desafía a cultivar una mayor sensibilidad hacia todas las fuerzas materiales – orgánicas e inorgánicas -que nos atraviesan y nos rodean (cuerpos, afectos, vegetales, animales, objetos, flujos de energía, tecnologías). Se trata de ensayar lo que Jane Bennett denomina "ensamblajes vibrantes": formaciones donde la materia no es un sustrato pasivo, sino una fuerza pulsante que exige nuevas formas de escucha y contempla la diversidad de elementos que componen el mundo. Oxigenar los procesos implica abrir las estructuras cerradas para que circule el aire de la crítica, permitiendo que muera y se deshaga lo que ya no resulta, lo que nos vuelve rígidos y nos impide germinar lo común. Solo así podremos nutrir una nueva tierra donde nuestras luchas no solo sobrevivan, sino que broten con una vitalidad renovada, indómita e irreductible a las lógicas del capital.
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